El presente estudio trata acerca del sufrimiento del pueblo de Israel, que desobedeció su compromiso al pacto hecho con Dios en el monte Sinaí. Dedicado a quienes gustan de estudiar las profecías bíblicas.

Introducción

Los Huesos Secos es, probablemente, la profecía más inspiradora para el pueblo de Israel de los tiempos modernos; y lo es porque se re ere a la promesa de Dios de recogerlos de las naciones del mundo para volverlos a su tierra.

Israel es un pueblo que durante casi veinte siglos estuvo viviendo arrimado a naciones con culturas y religiones diferentes. Propensos a vejámenes, burlas, menosprecio, improperios; expuestos a actos públicos barbáricos y muerte cruel. El pueblo de Israel, comúnmente conocidos como judíos, tuvo que acomodarse a vivir en países extraños donde continuaron reproduciéndose, en los cuales educar a sus hijos fue un trabajo doble, porque a la par de enseñarles respeto hacia las leyes civiles de esos países y a vivir expuestos a racismo, tuvieron que sembrar en ellos el amor hacia la tierra que recibieron de Dios, una tierra que sus hijos no conocían pero que sin conocerla debían aprender a amarla y a desear ardientemente vivir en ella.

Dichosamente, su idea de vivir en comunidad les aportó la fuerza invaluable que les ayudó a sobrevivir y a ir atravesando los momentos más difíciles de su historia; en otras palabras, haber vivido en comunidad les fue como un pequeño alivio para su dolor en medio de un desierto inhóspito en el cual la reacción insolente y despiadada de los paganos sin lugar a dudas les hacía derramar abundantes lágrimas y añorar tener su propia tierra.

Claro que vivir en la dispersión, o diáspora, no sólo les trajo amargas consecuencias psicológicas, sino que un número no específico de ellos por diferentes razones, fue asimilado por los países donde se refugiaron, viniendo a resultar en una mezcla de razas, eso está mostrado por israelitas con apellidos propios de las naciones donde se asentaron y por la existencia de judíos de raza blanca, negra, amarilla, etc.

Pero el tiempo no transcurre sin propósito, y para los israelitas ese propósito les ha favorecido grandemente porque los días de su expatriación han terminado para siempre; hoy poseen la tierra que el Altísimo juró a sus padres, y aunque no la poseen en toda su extensión como les fue prometida, la extensión que poseen está de acuerdo a la voluntad del Todopoderoso.

De esa manera, el pueblo que espera en su Dios se prepara para el futuro, para el momento cuando el orden mundial va a cambiar, lo cual se llevará a cabo cuando el Mesías por ellos esperado reine entre ellos. Entonces los problemas se irán para siempre.

Parte I
Mirando al pasado

La razón por la cual Israel salió al exilio está fundamentada en la Sagrada Escritura; el pueblo la conoce, y quienes escudriñamos la Santa Escritura la observamos y concluimos en que su diáspora tenía que llevarse a cabo como respuesta del Altísimo a su desobediencia. Acerquémonos un poco a la fuente de información:

La esclavitud de Israel en Egipto había terminado, aquellos pocos que entraron a esa tierra se habían multiplicado en número que sobrepasaba el millón de personas (tomando en cuenta los niños, las mujeres y los ancianos).

Según el Altísimo, la cantidad de gente era suficiente para marchar hacia la tierra que siglos antes había prometido al padre de ellos —Abraham.

En aquella tierra se lamentaban de estar viviendo bajo cautiverio y opresión; deseaban la libertad, pero cómo alcanzarla no formaba parte de sus planes. Padecer opresión añorando la libertad era lo único que les quedaba. Ellos sabían que un día esa libertad vendría porque conocían la promesa hecha a sus padres, pero cuándo vendría no lo sabían.

Por fin el momento vino; aquel sueño de libertad se hizo realidad. Dios había cumplido su promesa, ahora las puertas de Egipto estaban abiertas para que pudieran pasar por ellas hacia la tierra que iban a poseer, pero ni conocían el camino, ni tampoco el programa preparado por Dios. En semejante estado de emoción la salida hacia la libertad predominaba en sus mentes, miraban que la ruta era un camino recto, sin contratiempos aunque sí con las grandes incomodidades de conducir sus ganados y de ir transportando sus pertenencias y sus alimentos; pero bien, esos momentos incómodos valían la pena, después de todo, la jornada no era comparable con los cientos de años que habían vivido bajo cautiverio.

El pueblo inició su marcha, pero seguramente ni siquiera los ancianos jefes de familia sabían cuál sería el siguiente paso después de haber salido de la esclavitud.

Por n, sin que supieran las razones por las cuales detenerse al pie del monte Sinaí, Dios les ordenó detenerse. ¿Para qué detenerse, para descansar, o para comenzar a hacer planes? Nadie lo sabía, ni siquiera lo imaginaban. Estando allí, Éxodo 19:3-6 dice:

“3 y Moisés subió a encontrarse con Dios. Jehová lo llamó desde el monte y le dijo: –Así dirás a la casa de Jacob, y anunciarás a los hijos de Israel:

(4) "Vosotros visteis lo que hice con los egipcios, y cómo os tomé sobre alas de águila y os he traído a mí.

(5) Ahora, pues, si dais oído a mi voz y guardáis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra.

(6) Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa". Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.”

Moisés fue convocado por el Libertador y acudió a la cita en la cumbre del monte, porque las cosas debían de comenzarse a hacer en su debido orden, es decir, había que empezar a enseñarles los pasos administrativos para convertirlos en una nación. ¿Lo ignoraban ellos? Sin lugar a dudas, sí, lo ignoraban. Moisés no sabía cuáles eran las razones para acampar en aquel lugar, pero obedecía cuanto el Altísimo le ordenaba.

Estando frente al Altísimo, Moisés recibió la orden de comunicar un mensaje importante. Este mensaje pondría las bases sobre las cuales las siguientes comunicaciones fluirían.

El mensaje era más que todo una proposición; si la aceptaban, afianzarían las buenas relaciones con Dios, y los comunicados continuarían fluyendo. Si la rechazaban, Dios quedaba desobligado de tomarlos como su pueblo. El mensaje era:

“(5) Ahora, pues, si dais oído a mi voz y guardáis mi pacto, vosotros seréis mi especial tesoro sobre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra.

(6) Vosotros me seréis un reino de sacerdotes y gente santa". Estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel.”

Aunque la Escritura los denuncia repetidas veces como gente rebelde, esta vez acertaron; el pueblo se comprometió a obedecer las órdenes de Dios tanto por medio de sus intermediarios como a obedecer lo que se les comunicara por escrito. De esa manera el primer paso, el más crítico, el trascendental, aquel que les afianzaba el derecho de tener al Altísimo de su parte, estaba dado.

Es importante entender que aun cuando la promesa dada a los patriarcas establecía al pueblo como posesión de Dios, las cosas debían hacerse en su correspondiente orden, es decir, el Altísimo debía comunicarles su propósito y ellos debían declarar su aceptación o rechazo. Como puede verse en Éxodo 19:8, ese paso fue dado con éxito y les aseguraba el derecho de recibir las promesas hechas a sus padres.

El siguiente paso después de haber ellos declarado su voluntad, era darles a conocer en qué consistía el pacto, para eso, Moisés subió nuevamente a la cumbre del monte donde le fueron declaradas las condiciones sobre las cuales ese pacto iba a ser hecho. Éxodo capítulo 20:1-17 enumera las diez condiciones sobre las cuales el compromiso recíproco iba a funcionar. En Éxodo 24:7 quedó el pacto formalmente establecido. De esa manera el pueblo pasó a ser posesión legal del Altísimo.

Pero eso no era todo, faltaba por venir una larga lista de bendiciones que el pueblo iba a recibir a cambio de su compromiso contraído en el Sinaí. Esa larga lista está detallada en Deuteronomio 28:1-14 que dice:

“1 Acontecerá que si oyes atentamente la voz de Jehová, tu Dios, para guardar y poner por obra todos sus mandamientos que yo te prescribo hoy, también Jehová, tu Dios, te exaltará sobre todas las naciones de la tierra.
2 Y vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas bendiciones, si escuchas la voz de Jehová, tu Dios.
3 Bendito serás tú en la ciudad y bendito en el campo.
4 Bendito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, el fruto de tus bestias, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas.
5 Benditas serán tu canasta y tu artesa de amasar.
6 Bendito serás en tu entrar y bendito en tu salir.
7 Jehová derrotará a los enemigos que se levanten contra ti; por un camino saldrán contra ti y por siete caminos huirán de ti.
8 Jehová enviará su bendición sobre tus graneros y sobre todo aquello en que pongas tu mano, y te bendecirá en la tierra que Jehová, tu Dios, te da.
9 Te confirmará Jehová como su pueblo santo, como te lo ha jurado, si guardas los mandamientos de Jehová, tu Dios, y sigues sus caminos.
10 Entonces verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es invocado sobre ti, y te temerán.
11 Jehová te hará sobreabundar en bienes, en el fruto de tu vientre, en el fruto de tu bestia y en el fruto de tu tierra, en el país que Jehová juró a tus padres que te había de dar.
12 Te abrirá Jehová su buen tesoro, el cielo, para enviar la lluvia a tu tierra en su tiempo y para bendecir toda la obra de tus manos. Prestarás a muchas naciones, y tú no pedirás prestado.
13 Te pondrá Jehová por cabeza y no por cola; estarás encima solamente, nunca debajo, si obedeces los mandamientos de Jehová, tu Dios, que yo te ordeno hoy; si los guardas y cumples,
14 y no te apartas de todas las palabras que yo te mando hoy, ni a la derecha ni a la izquierda, para ir tras dioses ajenos y servirlos.”

Si cabe la expresión, uno podría decir que estas promesas eran increíbles, pero la verdad es diferente porque la obediencia a la voluntad de Dios rinde enormes beneficios tanto materiales como psicológicos lo cual puede verse en forma detallada en este texto.

Todo a disposición del pueblo para que gozara una vida de comodidad; sin temor a los enemigos, sin temor a malas cosechas, sin temor a enfermedades, sin temor a ser robados; ricos económicamente, con alimentos abundantes durante todo el año y con una economía sin par. En n, la concertación con el Altísimo por medio del pacto fue la mejor opción que el pueblo escogió, y toda esa abundancia les esperaba al llegar a la tierra prometida.

También, a la par de todos los beneficios estaban las advertencias contra la desobediencia, porque todas esas bendiciones les estaban reservadas a cambio de su fidelidad hacia el pacto con el Altísimo. Su infidelidad seguramente les iba a traer dolorosas consecuencias porque así como el pacto les daba derecho de recibir toda clase de bendiciones al máximo, también daba autoridad al Altísimo para reclamar obediencia, y le daba autoridad para castigarlos en caso de romper ese compromiso.

No existe situación más penosa para el humano sino aquella de ser abandonado por Dios; por consiguiente, ese es el mensaje de todos estos versículos siguientes en los cuales es advertido a los israelitas acerca del peligro de romper el pacto concertado en el Sinaí, porque romperlo significaba ser castigados por Dios, iban a ser entregados a una suerte desastrosa, entregados a merced de los elementos naturales que a otras naciones golpeaban con fuerza causando pérdida de seres queridos y materiales de toda clase, entregados a padecer pestes y más.

Las palabras de Moisés debían ser tomadas con todo su significado, sin dar lugar a la duda, porque la seguridad de las bendiciones, y la de las maldiciones provenía del Altísimo quien en todo momento toma las cosas con toda la seriedad que le caracteriza.

Deuteronomio 28:15-68 dice:

“15 Pero acontecerá, si no oyes la voz de Jehová, tu Dios, y no procuras cumplir todos sus mandamientos y sus estatutos que yo te ordeno hoy, vendrán sobre ti y te alcanzarán todas estas maldiciones.
16 Maldito serás tú en la ciudad y maldito en el campo.
17 Maldita serán tu canasta y tu artesa de amasar.
18 Maldito el fruto de tu vientre, el fruto de tu tierra, la cría de tus vacas y los rebaños de tus ovejas.
20 Jehová enviará contra ti la maldición, el quebranto y el asombro en todo cuanto pongas tu mano y hagas, hasta que seas destruido y perezcas muy pronto a causa de la maldad de las obras por las cuales me habrás dejado.
21 Jehová traerá sobre ti mortandad, hasta que te haga desaparecer de la tierra a la cual vas a entrar para tomarla en posesión.
22 Jehová te herirá de tisis, de fiebre, de in amación y de ardor, con sequía, con calamidad repentina y con añublo, que te perseguirán hasta que perezcas.
23 Los cielos que están sobre tu cabeza serán de bronce, y de hierro la tierra que está debajo de ti.
24 Dará Jehová como lluvia a tu tierra polvo y ceniza; de los cielos descenderán sobre ti hasta que perezcas.
25 Jehová te entregará derrotado delante de tus enemigos; por un camino saldrás contra ellos y por siete caminos huirás de ellos. Serás el espanto de todos los reinos de la tierra.
26 Tus cadáveres servirán de comida a todas las aves del cielo y a las eras de la tierra, y no habrá quien las espante.
27 Jehová te herirá con la úlcera de Egipto, con tumores, con sarna y con comezón de que no puedas ser curado.
28 Jehová te herirá con locura, ceguera y turbación de espíritu,
29 y palparás al mediodía como palpa el ciego en la oscuridad. No serás prosperado en tus caminos; no serás sino oprimido y robado todos los días, y no habrá quien te salve.
30 Te desposarás con una mujer y otro hombre dormirá con ella; edificarás una casa y no habitarás en ella; plantarás una viña y no la disfrutarás.
31 Tu buey será matado ante tus propios ojos, y no comerás de él; tu asno será arrebatado en tu presencia, y no te será devuelto; tus ovejas serán entregadas a tus enemigos, y no tendrás quien te las rescate.
32 Tus hijos y tus hijas serán entregados a otro pueblo; tus ojos lo verán, y desfallecerán tras ellos todo el día, pero nada podrás hacer.
33 El fruto de tu tierra y de todo tu trabajo lo comerá un pueblo que no conociste, y no serás sino oprimido y quebrantado todos los días.
34 Y enloquecerás a causa de lo que verás con tus ojos.
35 Te herirá Jehová con maligna pústula en las rodillas y en las piernas, desde la planta de tu pie hasta tu coronilla, sin que puedas ser curado.
36 Jehová os llevará, a ti y al rey que hayas puesto sobre ti, a una nación que ni tú ni tus padres conocíais, y allá servirás a dioses ajenos, al palo y a la piedra.
37 Serás motivo de horror, y servirás de refrán y de burla en todos los pueblos a los cuales te llevará Jehová. 38 Sacarás mucha semilla al campo y recogerás poco, porque la langosta lo consumirá.
39 Plantarás viñas y labrarás, pero no beberás vino ni recogerás uvas, porque el gusano se las comerá.
40 Tendrás olivos en todo tu territorio, pero no te ungirás con el aceite, porque tu aceituna se caerá.
41 Hijos e hijas engendrarás, y no serán para ti, porque irán en cautiverio.
42 Toda tu arboleda y el fruto de tu tierra serán consumidos por la langosta.
43 El extranjero que estará en medio de ti se elevará sobre ti muy alto, y tú descenderás muy abajo.
44 Él te prestará a ti y tú no le prestarás a él; él estará a la cabeza y tú a la zaga.
45 Vendrán sobre ti todas estas maldiciones, te perseguirán y te alcanzarán hasta que perezcas; por cuanto no habrás atendido a la voz de Jehová, tu Dios, para guardar los mandamientos y los estatutos que él te mandó.
46 Y serán sobre ti y tu descendencia como una señal y un prodigio para siempre.
47 Por cuanto no serviste a Jehová, tu Dios, con alegría y con gozo de corazón, cuando tenías abundancia de todas las cosas,
48 servirás, por tanto, a tus enemigos que enviará Jehová contra ti, con hambre, con sed y con desnudez, y con falta de todas las cosas. Él pondrá un yugo de hierro sobre tu cuello, hasta destruirte.
49 Jehová traerá contra ti una nación venida de lejos, de los confines de la tierra, que volará como águila, una nación cuya lengua no entiendas;
50 gente era de rostro, que no tendrá respeto del anciano ni perdonará al niño.
51 Ella se comerá el fruto de tu bestia y el fruto de tu tierra, hasta que perezcas; no te dejará grano, ni mosto, ni aceite, ni la cría de tus vacas, ni los rebaños de tus ovejas, hasta destruirte.
52 Pondrá sitio a todas tus ciudades, hasta que caigan en toda tu tierra los muros altos y fortificados en que tú confías. Sitiará, pues, todas tus ciudades y toda la tierra que Jehová, tu Dios, te haya dado.
53 Comerás el fruto de tu vientre, la carne de tus hijos y de tus hijas que Jehová, tu Dios, te dio, en medio del sitio y el apuro con que te angustiará tu enemigo.
54 El hombre más amable y delicado entre los tuyos mirará con malos ojos a su hermano, a la mujer de su corazón y al resto de los hijos que le queden,
55 para no compartir con ellos la carne de sus hijos, que él se comerá, por no haberle quedado nada en medio del asedio y la angustia a que te reducirá tu enemigo en todas tus ciudades.
56 La más amable y delicada entre vosotros, de tan pura delicadeza y ternura que nunca intentaría sentar sobre la tierra la planta de su pie, mirará con malos ojos al marido de su corazón, a su hijo, a su hija,
57 y por carecer de todo, se ocultará para comer la placenta que sale de entre sus pies y a los hijos que dé a luz, en medio del asedio y la angustia a que te reducirá tu enemigo en tus ciudades.
58 Si no cuidas de poner por obra todas las palabras de esta Ley que están escritas en este libro, temiendo a ese nombre glorioso y temible de Jehová, tu Dios,
59 entonces Jehová aumentará terriblemente tus plagas y las plagas de tu descendencia, plagas grandes y permanentes, enfermedades malignas y duraderas,
60 y traerá sobre ti todos los males de Egipto, delante de los cuales temiste, y no te dejarán.
61 Asimismo toda enfermedad y toda plaga que no está escrita en el libro de esta Ley, Jehová la enviará sobre ti, hasta que seas destruido.
62 Y quedaréis sólo unos pocos, en lugar de haber sido tan numerosos como las estrellas del cielo, por cuanto no obedecisteis a la voz de Jehová, tu Dios.
63 Así como Jehová se gozaba en haceros bien y en multiplicaros, así se gozará Jehová en arruinaros y en destruiros. Seréis arrancados de sobre la tierra a la que vais a entrar para tomarla en posesión.
64 Jehová te esparcirá por todos los pueblos, desde un extremo de la tierra hasta el otro extremo, y allí servirás a dioses ajenos que no conociste tú ni tus padres, al leño y a la piedra.
65 Y ni aun entre estas naciones descansarás, ni la planta de tu pie tendrá reposo, pues allí te dará Jehová un corazón temeroso, languidez de ojos y tristeza de alma.
66 Tendrás la vida como algo que pende delante de ti, estarás temeroso de noche y de día y no tendrás seguridad de tu vida.
67 Por la mañana dirás: "¡Quién diera que fuera la tarde!", y a la tarde dirás: "¡Quién diera que fuera la mañana!", por el miedo que amedrentará tu corazón y por lo que verán tus ojos.
68 Y Jehová te hará volver a Egipto en naves, por el camino del cual te ha dicho: "Nunca más volverás", y allí seréis vendidos a vuestros enemigos como esclavos y esclavas, y no habrá quien os compre”.

De las consecuencias nacidas de la desobediencia al pacto no podrían escapar, porque ese pacto no quedó estático al pie del monte sino que iba con ellos; porque cuando Moisés selló con sangre el libro del pacto también roció al pueblo con la misma sangre; ese sello nunca sería borrado. Dondequiera que estuviera un israelita, allí estaba el pacto con sus bendiciones o con sus maldiciones.

Porque así como la bendiciones no estaban sujetas a condiciones atmosféricas ni a situaciones anormales que azotaban a las naciones vecinas, así tampoco las maldiciones, porque les sobrevendrían en su tierra como producto de su desobediencia.

Ninguna de las palabras pronunciadas por Moisés cayó en tierra, es decir, ninguna quedó sin cumplirse, porque la historia narrada por las Escrituras expone con verdadera crudeza las penosas situaciones en las cuales el pueblo cayó repetidamente a causa de se rebeldía y desobediencia al compromiso al cual voluntariamente se habían comprometido.

Desarrollo histórico

Según se puede constatar en la Santa Escritura, poco tiempo transcurrió para que estas maldiciones vinieran contra el pueblo. La muerte de Josué fue una pérdida irreparable que dejó al pueblo sin un líder capaz de sostener inviolable la vigencia del pacto, y los enemigos empezaron a afligirlos robándoles, amenazándolos, incursionando en su tierra y ensañándose por medio de la opresión.

Para ayudarlos a vivir bajo las leyes del pacto Dios les dio líderes, gobernadores, o jueces. Es claro que la mayoría de los jueces no poseían vocación al servicio, excepto Samuel; más bien eran personas de la misma condición que el resto. Sí puede verse en todos ellos positivez ante el llamado al servicio.

Fueron los jueces los encargados de motivar al pueblo a la obediencia como respuesta de gratitud de ser librados de sus enemigos, pero en muriendo el juez de turno el pueblo volvía a caer en su pobre situación de desobediencia hasta que un nuevo juez era levantado. Esteban (Hechos 13:20), dice que así estuvieron como por cuatrocientos años hasta que pidieron un rey para ser similares a otras naciones.

El liderato de los reyes no superó en nada al de los jueces, al contrario, en la lista de reyes de Israel y de Judá muchos fueron personas inclinadas a la idolatría y a la maldad, y en vez de ser líderes espirituales conduciendo al pueblo hacia la obediencia, lo condujeron a la ruina, hacia la enemistad con Dios.

El último rey que acabó con la paciencia de Dios fue Sedequías. El registro de 2 Crónicas 36:11-16 dice:

“11 Veintiún años tenía Sedequías cuando comenzó a reinar, y once años reinó en Jerusalén.

12 Hizo lo malo ante los ojos de Jehová, su Dios, y no se humilló delante del profeta Jeremías, que le hablaba de parte de Jehová.

13 Se rebeló asimismo contra Nabucodonosor, al cual había jurado fidelidad delante de Dios. Fue obstinado y se empeñó en no volverse a Jehová, el Dios de Israel.

14 También todos los principales sacerdotes y el pueblo aumentaron la iniquidad, siguiendo todas las abominaciones de las naciones y contaminando la casa de Jehová, la cual él había santificado en Jerusalén.

15 Jehová, el Dios de sus padres, les envió constantemente avisos por medio de sus mensajeros, porque él tenía misericordia de su pueblo y de su morada.

16 Pero ellos se mofaban de los mensajeros de Dios, y menospreciaban sus palabras, burlándose de sus profetas, hasta que subió la ira de Jehová contra su pueblo, y no hubo ya remedio.”

Con Sedequías terminaron los reyes de Judá por el año 586 a.C. Con Oseas terminaron los reyes de Israel que fue llevado cautivo por Salmanasar por el año 723 a.C. 2 Reyes 17:1-6 dice:

“3 Salmanasar, rey de los asirios, subió contra Oseas, quien fue hecho su siervo y le pagaba tributo.

4 Pero el rey de Asiria descubrió que Oseas conspiraba, pues había enviado embajadores a So, rey de Egipto, y no pagó tributo al rey de Asiria, como lo hacía cada año, por lo que el rey de Asiria lo detuvo y lo encerró en la casa de la cárcel.

5 Luego el rey de Asiria invadió todo el país y sitió a Samaria, y estuvo sobre ella tres años.

6 En el año nueve de Oseas, el rey de Asiria tomó Samaria y llevó a Israel cautivo a Asiria. Los estableció en Halah, en Habor junto al río Gozán, y en las ciudades de los medos.”

Aproximadamente setecientos años (desde que el pacto fue hecho) permanecieron libres las diez tribus que habían formado el reino del norte (Israel); mientras que el reino del sur (Judá y Benjamín) logró sobrevivir un poco más de ochocientos años.

Después de la cautividad ambos reinos nunca más volvieron a tener un rey como cabeza de gobierno. El castigo por su transgresión fue verdaderamente duro, y los siglos siguientes les mostrarían aún más las terribles consecuencias.

La Escritura registra el retorno de las dos tribus a su tierra, pero no registra el retorno de las otras diez tribus. Aunque eso no significa que esas tribus hayan desaparecido sí es clara señal que su castigo fue aún más duro que el de Judá y Benjamín, y está demostrado porque la mención de esas diez tribus siempre es de importancia secundaria, y más parece que la preeminencia la adquirió Judá. No es sino hasta en tiempos del Señor Jesucristo cuando se vuelve a saber de las diez tribus pero ya mezcladas con samaritanos, de allí que con ese nombre es que se les conoce.

Los libros de Esdras y Nehemías dan amplios detalles del retorno de Judá permitido por los reyes persas. Ambos describen la alegría manifestada por el pueblo que decidió abandonar el paganismo babilonio a cambio de regresar a su tierra y ser libres en ella, y cómo la bondad de Dios volvió a brillar en medio de ellos. El Templo, aunque no fue reedificado con el esplendor del original sí volvió a ser la morada del Altísimo, eso inundaba de gozo y satisfacción sin par a todos los que habían vuelto de la cautividad.

Sin lugar a dudas, el pueblo sanó las heridas del castigo en Babilonia que duró setenta años. La protección volvió a ellos junto con la prosperidad y los tiempos de amargura desaparecieron. Todo indicaba que los tiempos angustiosos habían dejado profunda huella en el pueblo, y su contrición reflejaba la determinación de poner atención a la obediencia. Era mejor obedecer para vivir gozando de enormes beneficios que desobedecer para volver a ser castigados.

Las palabras adicionales de Moisés, cuando les mencionó las bendiciones y las maldiciones, fueron:

“Llamo hoy por testigos contra vosotros a los cielos y a la tierra, de que he puesto delante de vosotros la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tus descendientes”. Deuteronomio 30:19.

El cautiverio demuestra que el pueblo había escogido la maldición.

Por razones sobre las cuales se debiera pensar detenidamente, el humano promedio nunca ha sabido cómo manejar las bendiciones junto con la obediencia a Dios, porque cuando las bendiciones fluyen la persona se inclina a ofender al dador de esas bendiciones. Pareciera como que el humano entiende que a cambio de bendiciones Dios se complace con que le desobedezcan.

Pues bien, los años después del cautiverio empezaron a transcurrir; los judíos estaban asentados en su tierra y la amargura de la cautividad comenzaba a disiparse lo cual eran malos presagios; el paso de los años no estaba ayudando. La generación salida del cautiverio se iba terminando y aunque sus descendientes conocían por narraciones de sus padres la amargura padecida, seguramente esas narraciones no poseían fuerza suficiente como para impactarlos, aquello que sus padres salidos de la cautividad nunca hubieran deseado para sus hijos, vino a ser realidad, es decir, sus hijos empezaron a caminar exactamente el mismo camino de la desobediencia.

Los aproximadamente quinientos años que transcurrieron desde la cautividad hasta la venida de Cristo a la tierra carecen de información, la Biblia guarda silencio. Lo que sí es claro es que el pueblo desestimó la experiencia narrada por sus padres, y la inclinación hacia la desobediencia al pacto apareció nuevamente. El pueblo no escarmentó, es decir, no aprendió ni estimó de valor el padecimiento de sus antepasados en la cautividad y optaron por imitar su desobediencia.

Los libros de los Macabeos cuentan algunos pormenores de la vida de los judíos y de su inclinación hacia el mal. Crímenes, rencores, venganzas, traiciones y otras tendencias carnales fueron el sustento espiritual que sostenía al pueblo, por consiguiente, la obediencia al pacto volvió a caer a niveles extremadamente bajos.

¿Cuánto tiempo permaneció en la mente de las nuevas generaciones la experiencia dolorosa de la cautividad? No se sabe, posiblemente unos cien años, o un poco más. A partir de allí, el pueblo volvió a colocarse en el mismo nivel rebelde de sus padres.

Cuatrocientos años, aproximadamente, es el tiempo que hay entre los libros de las Escrituras Hebreas y la venida del Mesías a la tierra, todo ese tiempo es de silencio; no existen escritos incluidos en el canon hebreo por los cuales mirar las convulsiones del pueblo.

En algún momento de ese tiempo surgió la leyenda acerca de la Septuaginta, la cual de modo pintoresco detalla cómo nació esa versión griega de los escritos del Antiguo Pacto. Asimismo, según las personas versadas dicen, por ese mismo tiempo comenzó a aparecer la literatura apócrifa correspondiente al Antiguo Testamento, cuya voluminosa producción sobrepasa en cantidad a los libros inspirados que conforman el canon hebreo.

Durante ese tiempo de silencio los reyes Medo-persas cedieron lugar a Alejandro que inició una serie de conquistas exitosas. A su muerte le sucedieron sus generales los cuales se disputaron el liderazgo hasta que dividieron entre ellos las regiones conquistadas. A esos tiempos se re eren algunas profecías de Daniel, en las cuales breves referencias se hacen al pueblo del pacto, pero esa mención es tan insuficiente que no refleja la condición de, quizás, la mayor parte del pueblo.

El primer libro de los Macabeos narra la invasión de Antioco Epífanes a Jerusalén y su propósito de establecer en Jerusalén el helenismo; narra las luchas que los judíos sostuvieron contra él (167-164 a.C.) hasta alcanzar la victoria. La libertad alcanzada duró hasta que se levantó Roma que eventualmente vendría a constituirse como el imperio más grande del pasado.

Todo esto comprueba que la obediencia de los judíos al pacto nunca más volvió a adquirir sus niveles originales, y con eso la protección de Dios terminó.

Con el Imperio Romano las cosas no marcharon tan mal, sencillamente Roma era el poder absoluto y los judíos eran sus esclavos, pero habitaban en su propia tierra con libertad para adorar a Dios, claro que esa libertad de adoración estaba condicionada a la obediencia a las leyes del Imperio y a los abusos de poder de los reyes impuestos por el Imperio entre lo cual estaba pagar tributo del cual una porción eran enviada al tesoro romano y otra quedaba en poder del rey.

Entretanto los judíos vivieran en obediencia, todo caminaba sin problemas. Pero las profecías mencionaban la venida de un redentor, un líder descendiente de David, con capacidad de conquista y bravo en la batalla. El problema es que nadie conocía con seguridad el tiempo de su aparición, de allí es que, cuando el Salvador del mundo nació en Belén, muchos pensaban que él era el libertador que iba a conducir al pueblo a una guerra de la cual iban a salir victoriosos derrotando a los romanos. Pero esos muchos se equivocaron de persona y de tiempo, porque ese hijo de David, guerrero, no estaba apuntado por Dios para aquellos días sino para un tiempo extremadamente lejano. En su primera manifestación vino para librarlos de la esclavitud del pecado pero ellos no necesitaban esa clase de libertad, ellos querían ir a la guerra contra Roma, apenas 144.000 lo recibieron como libertador de las cadenas del diablo, los demás se resistieron a creer que había descendido del cielo y asintieron en su crucifixión.

Hasta el día de hoy, y mirando hacia el futuro, los israelitas continúan esperando a su Mesías, al hijo de David, a su libertador que ha de venir.

Acerca de haber errado en la interpretación de las profecías, en el documento “La Gran Revuelta” (66-70 C. E.) la Jewish Virtual Library (Biblioteca Virtual Judía), dice:

“La gran revuelta de los Judíos contra Roma en 66 E. C., condujo a una de las más grandes catástrofes en la vida de los Judíos y, en retrospectiva, bien pudo haber sido un terrible error.

Nadie pudo argumentar con los Judíos por querer despojarse del gobierno de los Romanos. Desde que los Romanos ocuparon Israel por primera vez en 63 a. de C., se había hecho más y más gravoso. Casi desde el inicio de la Era Común, Judea fue gobernada por procuradores Romanos, cuya principal responsabilidad era recaudar y enviar el impuesto anual hacia el imperio. Todo cuanto era recaudado más allá de la cuota asignada quedaba en posesión de ellos. No era sorpresa que ellos a menudo impusieran impuestos confirmatorios. Igualmente infamante e irritante para los Judíos, Roma se encargaba de nombrar al Sumo Sacerdote... Como resultado, los Sumos Sacerdotes quienes representaban a los Judíos ante Dios en las ocasiones más sagradas fueron aumentados con personas que colaboraban con Roma.

Al principio de la Era Común se levantó un nuevo grupo de Judíos: los Zelotes (en Hebreo, Kanaim). Estos rebeldes antiromanos estuvieron activos por más de seis décadas, y posteriormente incitaron a la Gran Revuelta. La más fundamental de sus creencias, justificada enteramente, era alcanzar la libertad política y religiosa.

Los sentimientos antiromanos de los Judíos fueron seriamente intensificados durante el reinado del medio loco emperador Calígula, quien en el año 39 se declaró asimismo deidad y ordenó que su estatua fuera colocada en cada templo en el Imperio Romano. Sólo los Judíos rehusaron el mandato; ellos no podían profanar el Templo de Dios con la estatua de la nueva deidad pagana Romana.

Calígula amenazó con destruir el Templo, así que una delegación de Judíos fue enviada para apaciguarlo, pero fue en vano. Calígula les increpó: «¿Así que ustedes son enemigos de los dioses, el único pueblo que rehusa reconocer mi divinidad?». Sólo la repentina y violenta muerte del emperador salvó a los Judíos de una total masacre.

La acción de Calígula alentó incluso a los Judíos más moderados. ¿Qué seguridad podían tener, después de todo, de que no volvería a levantarse otro gobernante Romano para contaminar el Templo o destruir el Judaísmo en conjunto?

En adición, la repentina muerte de Calígula pudo también haber sido interpretada como confirmación a la fe de los Zelotes de que Dios pudiera pelear al lado de los Judíos si ellos tan sólo tuvieran el coraje de confrontar a Roma.

En las décadas siguientes a la muerte de Calígula, los Judíos encontraron que su religión quedó sujeta a crasas y constantes indignidades, en una ocasión soldados Romanos entraron al Templo, y en otra, quemaron un rollo de la Torah.

Por último, la combinación de la explotación financiera, el descontrolado disgusto contra el Judaísmo, y el abierto favoritismo que los Romanos mostraban a los gentiles que vivían en Israel promovió la revuelta.

En el año 66, Florus, el último procurador Romano, robó una basta cantidad de plata del Templo. Las ofendidas masas Judías se lanzaron en revuelta y limpiaron la pequeña guarnición estacionada en Jerusalén. Cestio Galo, el gobernador Romano de la vecina Siria, envió un gran contingente de soldados. Pero los Judíos insurgentes también los vencieron.

Esta fue una estimulante victoria que trajo terribles consecuencias: Muchos Judíos repentinamente quedaron convencidos de que podían vencer a Roma, y los adherentes Zelotes crecieron geométricamente. Nunca más, sin embargo, los Judíos alcanzaron tan decisiva victoria.

Cuando los Romanos volvieron, traían 60,000 tropas altamente profesionales y fuertemente armados. Ellos lanzaron su primer ataque contra el área más radical del estado Judío, el norte de Galilea. Los Romanos conquistaron Galilea, y un estimado de 100,000 Judíos murieron o fueron vendidos como esclavos.

En la conquista Romana de esta victoria, el liderazgo Judío hizo casi nada por ayudar a sus hermanos vencidos. Ellos aparentemente habían concluido, –demasiado tarde, desafortunadamente–, que aquella sublevación no podía ser ganada, y deseaban detener la matanza de Judíos en el menor número posible.

Los refugiados altamente amargados que tuvieron éxito en escapar de la masacre Galilea, huyeron a la última y más grande fortaleza–Jerusalén. Allí mataron a todos los líderes Judíos que no eran tan radicales como ellos. De esa manera todos los líderes Judíos moderados que habían encabezado el gobierno en la revuelta que comenzó en el 66 fueron muertos en el 68–y ninguno murió a manos de los Romanos. Todos fueron muertos por sus compañeros Judíos.

La escena no fue preparada para catástrofe de la insurrección nal. Fuera de Jerusalén, las tropas Romanas preparaban el cerco de la ciudad; dentro de la ciudad, los Judíos estaban ocupados en una suicida guerra civil. En generaciones siguientes los rabinos exageradamente dijeron que la derrota de la sublevación, y la destrucción del Templo, no se debió a la superioridad militar Romana, sino al odio injustificado (sinat khinam) entre los Judíos (Yoma 9b). Mientras que los Romanos pudieron haber ganado la guerra de todas maneras, la guerra civil entre Judíos facilitó la victoria y aumentó inmensamente las muertes. Un horrible ejemplo: Durante el cerco Romano, los Judíos de Jerusalén quemaron los alimentos secos que tenían almacenados que bien pudo haber alimentado toda la ciudad durante varios años. Pero una de las facciones guerreras de los Zelotes quemó totalmente todas las provisiones, aparentemente con la esperanza de que destruir esa “manta de seguridad” pudiera motivar a todos a participar en la insurrección. El hambre que resultó de esta loca acción causó tan grande sufrimiento como el que los Romanos causaron.

No sabemos que las grandes guras del antiguo Israel se hayan opuesto a la revuelta, el más notable entre ellos Rabí Yojanan ben Zakkai. Puesto que los líderes Zelotes habían ordenado la muerte de todos los que abogaran por rendirse ante Roma, el Rabí Yojanan fue preparado por sus discípulos para sacarlo a escondidas, preparado como un cadáver. Una vez a salvo, personalmente se rindió ante el general Romano Vespasiano quien le concedió privilegios para que la vida comunal Judía continuara.

Durante el verano del 70, los Romanos rompieron las murallas de Jerusalén, e iniciaron una violenta orgía de destrucción. Muy pronto de allí en adelante, ellos destruyeron el Segundo Templo. Esta fue la más devastadora y nal incursión Romana contra Judea.

Se estima que alrededor de un millón de Judíos murieron en la Gran Revuelta contra Roma. Cuando la gente de hoy habla acerca del tiempo de casi dos mil años de los Judíos sin hogar y en exilio, ellos toman esa fecha partiendo de la caída de la insurrección y destrucción del Templo. En verdad, a la revuelta entre los años 66-70 siguieron unos sesenta años para la insurrección de Bar Kokhba donde tuvo lugar la más grande calamidad en la historia de los Judíos previos al Holocausto. En adición a los más de un millón de Judíos asesinados, aquellas fallidas rebeliones condujeron a la pérdida total de la autoridad política en Israel hasta 1948. Esta pérdida agravó en gran magnitud las catástrofes posteriores de los Judíos, puesto que imposibilitó que Israel fuera tomado como refugio para grandes números de Judíos que huían de las persecuciones por todas partes...”

(Documento traducido al Español, tomado de www.jewishvirtuallibrary.org/jsource/Judaism/revolt.html).

Seguramente ninguno de los líderes de aquella insurrección recordó las palabras dichas por Moisés en Deuteronomio 28:25.

“25 Jehová te entregará derrotado delante de tus enemigos; por un camino saldrás contra ellos y por siete caminos huirás de ellos…”.

Pero quizás ni acordándose de eso habrían tenido la capacidad de meditar en que el origen de su difícil situación estaba en su desobediencia. Pensaron que Dios tenía obligación de socorrerlos sin importar cuánta desobediencia estuviera inundando sus vidas. Su situación era tan difícil de comprender hasta el grado de lanzarse a una empresa en la cual todas las de perder les acompañaban. Peleaban por una religión en vez de pelear por la obediencia. Peleaban por un templo en vez de pelear por mantener en él la gloria del Altísimo. Porque si el Altísimo hubiera estado interesado en la vaciedad de una religión, por demás estaba la Torrá (o Toráh). Y si él hubiera estado presente en ese templo, hubiera fulminado inmediatamente a los profanos; pero nada de eso cruzó por la mente de los líderes. Ellos imaginaban estar peleando la guerra de Dios, cuando lo cierto era que esa guerra era de ellos, y la ausencia del Altísimo era notoria, pero ellos no lo notaron. Las palabras de Moisés se cumplieron, porque el ejército improvisado de Judíos sin adiestramiento para la batalla fue incapaz de contener la fuerza de los romanos, y si bien miles de ellos no pudieron huir en desbandada, se debió a la imposibilidad por el cerco tendido a su alrededor. La muerte era la única vía de escape.

Quienes leemos la Santa Escritura y leemos la historia del pueblo, sentimos profundo respeto por todo cuanto le ha acontecido, porque todo el escarnio de que han sido objeto a través de los siglos se debe a que es el pueblo de las promesas, con el cual Dios hizo un pacto que nunca rompe; y su situación nos sirve pare rea rmar que la formalidad conque Dios toma el asunto de la salvación y de la bendición debe ser correspondida por los humanos con el mismo nivel.

Jesucristo previno a su pueblo

Unos cuarenta años antes que la destrucción aconteciera Jesucristo había prevenido a sus discípulos recomendándoles que huyeran al ver el movimiento de las tropas acercándose a la ciudad. Lucas 21: 20-24 dice:

“20 Pero cuando veáis a Jerusalén rodeada de ejércitos, sabed entonces que su destrucción ha llegado.
21 Entonces los que estén en Judea huyan a los montes; y los que estén en medio de ella, váyanse; y los que estén en los campos no entren en ella,
22 porque estos son días de retribución, para que se cumplan todas las cosas que están escritas.
23 Pero ¡ay de las que estén encinta y de las que críen en aquellos días!, porque habrá gran calamidad en la tierra e ira sobre este pueblo.
24 Caerán a lo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan.”

A grandes rasgos puede decirse que unos quinientos años habían transcurrido desde la libertad otorgada a los cautivos en Babilonia hasta el momento en que, envalentonados por un insigni cante triunfo contra aquella pequeña guarnición Romana, pensaron que tenían capacidad de vencer a un poderoso y basto ejército comandado por militares profesionales. ¿Qué podían hacer aquellos desorganizados y débiles judíos contra el entonces más poderoso ejército de la Tierra? Pensar que el Altísimo socorrería cuando en realidad él no había prometido ayuda, es uno de los errores fatales que debieron evitarse. Pero el pueblo estaba ciego, sin capacidad de mirar que la destrucción estaba a pocos días de cumplirse. Y el día vino; día de confusión, de terror, de hambre, mientras el enemigo pacientemente aguardaba el momento de actuar.

Flavio Josefo dice que en aquella ocasión, estando el ejército Romano dedicado a realizar una horrible carnicería, muchos judíos prefirieron correr hacia el templo en llamas para morir calcinados en vez de ser pasados a espada por los soldados.

Aún hoy en día el Arco del Triunfo de Tito representa al ejército Romano cargando la Menorrá (candelabro) en señal de victoria contra los judíos, una victoria que recuerda al pueblo el más grande de sus errores. Claro, el más grande de sus errores no fue haberse lanzado en intrépida batalla contra un ejército inmensamente superior, sino haberse apartado de la obediencia al pacto , cuya desobediencia duró varios siglos después de haber salido del cautiverio babilonio hasta el año 70 de nuestra Era cuando la destrucción vino nuevamente.

Pero la situación no paró allí. Más bien allí comenzó el segundo y más grande castigo que jamás el pueblo haya recibido, porque si bien la cautividad de Asiria y Babilonia fueron terribles para ellos, la invasión de los romanos no fue sino el anuncio de un castigo incomparable cuyas repercusiones iban a durar casi dos mil años.

Claro que el desastre del castigo no paró, la destrucción causada por los romanos no derribó el espíritu combativo judío. A pesar de la destrucción del templo, y de cientos de miles de muertos y de los que fueron llevados en esclavitud para ser vendidos en lugares públicos, ellos continuaban aferrados a su consigna de prevalecer como pueblo diferente a los demás pueblos. Claro que esto no era otra cosa sino la misma voluntad de Altísimo quien los estaba entregando en manos de los paganos para ser castigados por su alejamiento de Dios lo cual no tomaban en cuenta como la causa de su situación.

Fue así como por el 135 d. C., en tiempos del emperador Adriano otra insurrección se levantó liderada por Bar Kokhba (o Kokeba) y del mismo modo como los Zelotes obtuvieron su victoria contra la guarnición Romana, esta insurrección fue mayor y con gran éxito, pero otra vez, el enorme ejército Romano intervino, y en medio de larga y sangrienta batalla, los judíos perdieron. Otra enorme cantidad de ellos fue vendida a la esclavitud con el propósito de que nunca más volvieran a su tierra; además, al resto se le ordenó salir a la diáspora (dispersión). Jerusalén perdió su nombre porque los romanos la convirtieron en una ciudad romana llamada Aelia Capitolina.

Israel había caído en desgracia por falta de lealtad a su Dios cumpliéndose así la sentencia que les había sido anunciada por los profetas. Mas aun con todo y los sufrimientos de las mujeres, niños, ancianos y personas de todas las edades, el mal apenas estaba comenzando.

Se debe tener en cuenta que no sólo el Imperio era su enemigo que les había arrebatado la libertad y el derecho de adorar en su propia tierra. Maltratados, perseguidos, sujetos a mofa y a vivir en las condiciones más deplorables estaban frente a otro enemigo que por los siglos II-IV d. C., estaba tomando forma; es decir, la Iglesia, la cual hizo sentir su presencia contra el pueblo. La Iglesia triunfó sobre los judíos motivando a las masas religiosas a mirar con menosprecio a todo cuando tenía relación con ellos. Por aquel tiempo fue cuando el Sábado, séptimo día de la semana fue visto como judío y fue aborrecido dando amplia oportunidad para que el primer día de la semana, que era el día de adoración del Imperio, fuera acogido victoriosamente por el Cristianismo.

Desde sus inicios, la Iglesia (no los redimidos por Cristo, sino la Iglesia con I mayúscula) tuvo como preferencia observar el primer día de la semana en lugar del séptimo, ordenado por Dios lo cual le valió el visto bueno del emperador; un visto bueno que sería aprovechado al máximo para entronizarse en el imperio con una autoridad que hábilmente sabía manipular para su beneficio.

La Iglesia no fue para los Judíos sino otro flagelo en su contra; incluso por los escritos de algunos de los obispos padres de la Iglesia puede verse que los Judíos eran tildados con menosprecio y burla.

La entronización de Constantino consolidó a la Iglesia como su brazo religioso, lo cual significó para los Judíos bofetadas en ambas mejillas, porque además de la obligación de estar sometidos a las leyes del Imperio, la Iglesia los combatía por aferrarse a vivir en la Ley. Por aquel tiempo la Iglesia, conformada por paganos, era en su propia opinión extremadamente conocedora de la Ley mientras que los judíos eran extremadamente ignorantes, al menos esa pose adoptaban los dirigentes de las congregaciones difigidas por los obispos de la Iglesia.

Pequeña cronología

Tómese la siguiente como pequeña cronología de una dolorosa historia:

Año 70 d.C. Destrucción de Jerusalén, los historiadores estiman que más de un millón de Judíos murieron y unos 100,000 fueron vendidos como esclavos.

115 d.C. Rebelión de Judíos en varios lugares, entre ellos Egipto, Chipre, Mesopotamia, Judíos y Romanos cometieron atrocidades unos contra otros.

132-35 Bar Kokhba, a quien algunos de sus contemporáneos tomaron como el Mesías, incitó a una nueva rebelión en la cual murieron unos 500,000 Judíos y otros fueron llevados en cautiverio.

135 d.C. El emperador Adriano inicia una persecución contra los Judíos, y la observancia de la Torá fue prohibida castigando con la muerte a los infractores.

315 d.C. Constantino emite edicto ordenando que en Sábado todos en su imperio debían trabajar y reposar el primer día de la semana.

379 d.C. Teodosio prohibió a los Judíos alcanzar empleos en puestos oficiales.

613 d.C. Persecución en España. Los Judíos que rechazaran el bautismo debían abandonar el país. A los niños de siete años para arriba se les debía dar instrucción Católica.

1096 d.C. Persecución de Judíos en Alemania, unos 12,000 fueron asesinados.

1121 d.C. Expulsión de Judíos de Flanders (Bélgica).

1146 d.C. Otra persecución de Judíos en Alemania.

1181 d.C. Felipe, Rey de Francia expulsó a los Judíos de sus dominios, pero se les permitió vender sus posesiones. Posteriormente permitió su reingreso.

1189 d.C. Persecución contra los Judíos en la coronación de Ricardo, Corazón de León; muchas casas de Judíos fueron quemadas, y muchos de ellos asesinados.

1215 d.C. Edictos del Concilio Laterano contra los Judíos

1298 d.C. Persecución de Judíos en Babaria y Austria. 140 comunidades Judías fueron destruidas y más de 100,000 fueron asesinados sin misericordia.

1306 d.C. Felipe el Hermoso, de Francia, expulsó a los Judíos de su territorio. 100,000 tuvieron que abandonar el país.

1321 d.C. Los Judíos en Guienne, Francia, fueron acusados de envenenar el agua para beber. 5,000 murieron en la hoguera.

1348 d.C. Los Judíos fueron acusados de profanar la hostia en Brabant. Los acusados fueron quemados vivos.

1391 d. C. En Sevilla, España y otras comunidades, los Judíos fueron cruelmente masacrados y sus cuerpos desmembrados.

1394 d. C. Segundo destierro de Judíos de Francia.

1453 d. C. El monge franciscano, Capistrano, persuade al rey de Polonia a retirar los derechos de ciudadanía de los Judíos.

1478 d. C. La inquisición española es dirigida contra los Judíos.

1492 d. C. Expulsión de Judíos de España. 300,000 Judíos que rechazaron el bautismo de la Iglesia de Roma abandonaron España sin un centavo. Muchos emigraron a Turquía.

1516 d. C. El primer ghetto judío es establecido en Venecia.

1540 d. C. Expulsión de Judíos de Nápoles, Génovay Venecia.

1794 d. C. Rusia impone restricciones a los Judíos.

1846-78 Toda clase de restricciones contra los Judíos aplicadas por el Vaticano apoyadas por el papa Pío IX.

1903 d. C. Se renuevan las restricciones contra los Judíos en Rusia. Frecuentes masacres y pobreza general contra los Judíos.

1933 d. C. Da comienzo la gran masacre de Judíos por parte de Hitler en Alemania. La sistemática destrucción acabó con seis millones de Judíos

¿Qué más se puede decir respecto a los Judíos alrededor del mundo? Cuanto ha sido transcrito en estas pocas páginas es apenas una minúscula porción de historia sobre un pueblo cuya desobediencia a su Dios le trajo indecibles maltratos a manos de los paganos.

En todo el mundo el Judío tuvo que aprender a disimular sus lágrimas en público, para dar libertad a su dolor en privado, en sus miserables lugares donde tuvieron que vivir confinados a las más miserables condiciones de vida.

Será imposible para el pueblo de Israel borrar de su conciencia las marcas del dolor padecido en tierras extrañas hasta donde la mano del Altísimo Dios los lanzó como respuesta a su desobediencia a su santa Ley.

Siendo el Todopoderoso, el tres veces santo, el que dice y no olvida lo que ha dicho, el que declara y no se arrepiente: Su palabra se cumple al pie de la letra, todo, para que delante de él teman los hombres y lo respeten

Ezequiel 37

El profeta Ezequiel vivió durante el tiempo de la cautividad babilónica y fue contemporáneo de Daniel y Jeremías; junto con ellos alentó al pueblo a no considerar perdida la oportunidad de revivir la comunión con el Altísimo.

Pero su trabajo de profeta no solo se circunscribió a alentar y fortalecer el ánimo del pueblo como lo hacía Jeremías, sino que también fue escogido por Dios para profetizar sobre Israel en tiempos muy distantes que llegan hasta nuestros días, lo cual coloca sus profecías en una posición similar a las de Daniel.

Es cierto que las visiones de Daniel incluyen a Israel de los tiempos modernos, pero tal mención es escasa, en contraste, Ezequiel es extenso, y sus profecías son la clave para conocer al Israel del siglo XX en adelante. Ezequiel ha profetizado acerca de la enorme prosperidad económica de Israel y de la envidia de muchos pueblos quienes futuramente van a unirse para hacerle guerra y despojarlo. Ezequiel ha profetizado la construcción del Tercer Templo, ha profetizado la venida del Salvador y de cómo el Lugar Santísimo será el lugar desde donde se va a manifestar al pueblo (misterio sumamente maravilloso por cierto). Ezequiel ha profetizado el gran encuentro de Dios con su pueblo y cómo él revertirá en gran victoria la derrota que las naciones habrán alcanzado contra Israel.

Lo interesante de las profecías de Ezequiel respecto a los últimos acontecimientos mundiales relacionados con Israel, es que fueron colocadas en orden sucesivo, y a medida que el lector va leyendo va conociendo una historia continuada que termina con la venida del Mesías y la victoria sobre las naciones.

Es natural entonces que para conocer los eventos en orden se debe partir desde aquellos que dan paso al restablecimiento del pueblo a su tierra, precisamente eso es lo que aquí se hace comenzando desde el capítulo 37 el cual dice:

1 La mano de Jehová vino sobre mí, me llevó en el espíritu de Jehová y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. (2) Me hizo pasar cerca de ellos, a su alrededor, y vi que eran muchísimos sobre la faz del campo y, por cierto, secos en gran manera. (3) Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Yo le respondí: Señor, Jehová, tú lo sabes. (4) Me dijo entonces: Profetiza sobre estos huesos, y diles: "¡Huesos secos, oíd palabra de Jehová! (5) Así ha dicho Jehová, el Señor, a estos huesos: Yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. (6) Pondré tendones en vosotros, haré que la carne suba sobre vosotros, os cubriré de piel y pondré en vosotros espíritu, y viviréis. Y sabréis que yo soy Jehová". (7) Profeticé, pues, como me fue mandado; y mientras yo profetizaba se oyó un estruendo, hubo un temblor ¡y los huesos se juntaron, cada hueso con su hueso! (8) Yo miré, y los tendones sobre ellos, y subió la carne y quedaron cubiertos por la piel; pero no había en ellos espíritu.9 Me dijo: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu que así ha dicho Jehová, el Señor: "¡Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, y vivirán!"» (10) Profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron y se pusieron en pie.[e] ¡Era un ejército grande en extremo! (11) Luego me dijo: «Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. Ellos dicen: "Nuestros huesos se secaron y pereció nuestra esperanza. ¡Estamos totalmente destruidos!" (12) Por tanto, profetiza, y diles que así ha dicho Jehová, el Señor: Yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío; os haré subir de vuestras sepulturas y os traeré a la tierra de Israel. (13) Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. (14) Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis, y os estableceré en vuestra tierra. Y sabréis que yo, Jehová,lo dije y lo hice, dice Jehová».

Es claro entender que el significado de estas palabras no estuvo al alcance de quienes vivieron antes y después de la cautividad babilónica. Más se podría pensar que quienes leyeron este mensaje posiblemente aplicaron su significado al final de los setenta años de cautiverio. De haber sido así entonces el pueblo pensó que se trataba de una profecía local, contemporánea, cuyo cumplimiento no iba más allá del nal de los setenta años anunciados por Jeremías. Después de todo ¿qué significado podría tener una profecía acerca del retorno a la tierra prometida que no se re riera a ellos mismos en un tiempo cuando los setenta años de cautiverio habían terminado?

Y a decir verdad, no parece que Dios haya estado interesado en explicarles que no se refería a aquellos tiempos, ni tampoco cuándo sería el cumplimiento del tiempo. Y sin contradicción alguna, las palabras de Ezequiel les fueron un misterio recóndito, es decir, les fue un misterio demasiado profundo y difícil de conocer.

Claro que el pueblo no entendió la profecía porque tendría cumplimiento aproximadamente unos dos mil quinientos años más tarde. ¿Quién entre el pueblo podría estar interesado en el cumplimiento sumamente lejos de sus días? Toda su atención e interés estaba centrado en los eventos de su tiempo cuando estaban a punto de volver a su tierra y las cadenas de esclavitud de la cautividad en Babilonia estaban por desaparecer.

Parte II
La esperanza que nunca murió

Lo más sólido en la fe de quienes creemos en el Altísimo es que su palabra se mantiene viva a través del tiempo. No importa que la opinión mundial haya repudiado y se haya ensañado contra el pueblo indefenso por el cual ninguna nación del mundo se preocupaba por defender, su esperanza, su sueño de volver a poseer su tierra nunca cayó en el olvido; pero no se habla de los cautivos en Babilonia sino de los israelitas que en los primeros siglos del Cristianismo fueron lanzados por su Dios hacia los cuatro rincones del mundo.

Ellos sabían que el día llegaría cuando su anhelo se vería realizado. Un día vendría su “Aliyáh”, o ascenso a Jerusalén, y por ello oraban. Y a decir verdad, su “Yeridáh” o descenso o diáspora no duraría para siempre, vendría porque las misericordias de Dios y su compasión son sin número y su enojo no dura para siempre.

Ese anhelo no era vano, ni nacido de las angustias, sino que era un espíritu positivo que nunca murió porque sabían que algún día el castigo llegaría a su n y la repatriación sería una maravillosa realidad, y entonces las cosas iban a cambiar, y ellos volverían a sonreír por la felicidad de poseer la tierra que su Dios les dio; y a medida en que los días se acercaban su espíritu se agitaba cada vez con más frecuencia.

Al leer al profeta Ezequiel capítulo 37 y comparar su diálogo con el Altísimo, se obtiene lo siguiente:

(1) La mano de Jehová vino sobre mí, me llevó en el espíritu de Jehová y me puso en medio de un valle que estaba lleno de huesos. (2) Me hizo pasar cerca de ellos, a su alrededor, y vi que eran muchísimos sobre la faz del campo y, por cierto, secos en gran manera. 3) Y me dijo: —Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Yo le respondí: —Señor, Jehová, tú lo sabes.

Estas palabras corresponden con la situación del pueblo que desde los primeros siglos de la Era Cristiana fue esparcido entre las naciones del mundo en donde tenían que sufrir las consecuencias de la desobediencia al pacto que en el monte Sinaí se comprometieron cumplir. Siglos iban y siglos venían y la situación no mejoraba, al contrario, cada vez se les hacía dolorosa en extremo. Dos mil años no es poco tiempo, todos lo sabemos ¡cuánto más el pueblo en medio del sufrimiento!

El valle de la profecía simboliza el mundo. Mi percepción personal indica que se trata de un valle polvoriento, sin vegetación porque la humedad está totalmente ausente. El valle está lleno de huesos extremadamente secos, es decir, similares al polvo de la tierra donde están, sin ninguna humedad. La sequedad signi ca que no hay Palabra de Dios ni Espíritu de Dios, todo es ruina y desolación; y los huesos se encuentran en la misma condición porque Dios está ausente de ellos. Eso fue lo que en la vida material sucedió.

Dios desamparó a Israel durante casi dos mil años; un período extremadamente largo durante el cual el mundo los iba a escarnecer con toda clase de improperios, sin darles ningún valor como raza ni como personas ni poner atención a sus necesidades de salud ni alimenticias. Era tiempo de gemir en medio de la miseria. Era tiempo de llorar en la soledad, en la oscuridad procurando esconderse de la mirada inocente de sus pequeños. Procurando padre y madre evitar mostrar debilidad ante sus hijos sino alentándoles sus convicciones de ser judíos, de pertenecer a un Dios al cual debían adorar hasta la muerte.

En semejante condición de sequedad nadie habría podido pensar en las posibilidades de que la vida volviera a esa enorme cantidad de huesos enteramente secos.

Ante la pregunta del Todopoderoso de si Ezequiel consideraba las posibilidades de que la vida pudiera volver a ellos, su respuesta no fue negativa porque conocía que el Altísimo es el Dios de los imposibles. El profeta sabía que si Dios quiere, para él todo es posible, por eso su respuesta fue: “Señor, Jehová, tú lo sabes”. Hasta ese momento Ezequiel desconocía qué signi caban esos huesos extremadamente secos.

“(4) Me dijo entonces: —Profetiza sobre estos huesos, y diles: "¡Huesos secos, oíd palabra de Jehová! (5) Así ha dicho Jehová, el Señor, a estos huesos: Yo hago entrar espíritu en vosotros, y viviréis. (6) Pondré tendones en vosotros, haré que la carne suba sobre vosotros, os cubriré de piel y pondré en vosotros espíritu, y viviréis. Y sabréis que yo soy Jehová”.

Ezequiel no estaba equivocado, el propósito de hablar Dios al preguntarle era para ordenarle hablar con fuerza resuelta a aquel enorme promontorio de huesos que estaba viendo en la visión.

En la vida material esto significaba que para Dios había llegado el momento de revertir la condición de su pueblo. Aquello que le fue ordenado al profeta hacía dos mil quinientos años tenía tanto poder hasta el grado de atravesar los siglos hasta llegar a los tiempos modernos y hacer sentir el poder de Dios. Algo iba a comenzar a suceder entre el pueblo esparcido entre las naciones que decía a sus espíritus que las cosas comenzarían a mejorar, era la voz de Ezequiel hablándoles por todos los rincones del mundo donde se encontraban. Su voz les estaba declarando el mensaje dado por el Dios de misericordia. El pueblo comenzó a sentir esa poderosa sensación allá por el siglo XVIII.

Quienes conocemos el significado de la palabra “espíritu” sabemos que se re ere al espíritu de vida (rúaj jayim), que es el espíritu que los seres vivientes poseemos. Ese espíritu no es el aire atmosférico sino el que nos da la vida y nos mantiene vivos, es el que cuando Dios lo recoge la persona muere.

“(7) Profeticé, pues, como me fue mandado; y mientras yo profetizaba se oyó un estruendo, hubo un temblor ¡y los huesos se juntaron, cada hueso con su hueso! (8)Yo miré, y los tendones sobre ellos, y subió la carne y quedaron cubiertos por la piel; pero no había en ellos espíritu”.

Cuando el profeta invocó al espíritu de vida, su dador, el cual es Dios, lo envió a ellos, y los tendones, los músculos, las venas, la sangre, etc., empezaron a aparecer en los huesos porque eso es provisto por el espíritu de vida el cual es de Dios.

Ciertamente las palabras de Ezequiel fueron escuchadas y el pueblo comenzó a despertar allá por el siglo XVIII. Esto significa que por aquel tiempo la fuerza del deseo a la acción comenzó a agitar las comunidades judías esparcidas por todo el mundo. Pero el período en que la carne, los tendones, etc., llevaría en cubrir todos esos huesos tomaría un poco más de cien años. Al nal de ese tiempo ellos sabrían, como dice el texto, que su Dios había hecho eso.

Esos más de cien años fueron tiempos de preparación, de movimiento, de acción. Era tiempos cuando aquellos huesos estaban uniéndose cada hueso a su hueso, estaban siendo alimentados por el espíritu de vida y empezando a tener fuerzas. Espiritualmente, el pueblo ya tenía ojos, ya podía mirar y pensar, su cuerpo ya estaba formado y empezaba a tener movimiento, eran como un niño que apenas está moviendo sus extremidades y comenzando a crecer y a desarrollarse.

Por fin, espiritualmente hablando, el pueblo ya tenía presencia y estaba listo para el segundo paso, el trascendental que ninguna nación del mundo conocía porque no conocen las Escrituras.

“9 Me dijo: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre, y di al espíritu que así ha dicho Jehová, el Señor: "¡Espíritu, ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos, y vivirán!"» (10) Profeticé como me había mandado, y entró espíritu en ellos, y vivieron y se pusieron en pie. ¡Era un ejército grande en extremo!”.

La primera parte del mensaje profético estaba concluido, el pueblo había dejado su condición inerte pues ya tenían vida y esperanzas; la segunda parte venía inmediatamente. Al profeta se le ordenó invocar el espíritu sobre aquel pueblo formado pero sin capacidad de realización, sin capacidad de conducción.

Este no es el espíritu de vida mencionado arriba, sino una agitación como la que los seres humanos experimentan cuando algo fuera de lo normal le acontece. Esto significa que el pueblo no sólo estaba con vida, sino que además ahora tenía movimiento y capacidad para decidir conducirse. En otras palabras, la voz del profeta fue oída, y el pueblo reaccionó ante el llamado. Reaccionó con sesiones de trabajo, con planes organizativos, formando relaciones más estrechas y constantes entre todos los esparcidos en el mundo, buscando entre todos ellos los adecuados para ser líderes y representar al pueblo. Con ese espíritu de avivamiento no sólo estaban vivos sino que tenían movimiento y organización.

“(11) Luego me dijo: «Hijo de hombre, todos estos huesos son la casa de Israel. Ellos dicen: "Nuestros huesos se secaron y pereció nuestra esperanza. ¡Estamos totalmente destruidos!" (12) Por tanto, profetiza, y diles que así ha dicho Jehová, el Señor: Yo abro vuestros sepulcros, pueblo mío; os haré subir de vuestras sepulturas y os traeré a la tierra de Israel. (13) Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. (14) Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis, y os estableceré en vuestra tierra. Y sabréis que yo, Jehová, lo dije y lo hice, dice Jehová»”.

Ahora todo era diferente. Aquellos pensamientos sin esperanza que por siglos habían ensombrecido sus vidas, comenzaron a cambiar y hoy eran historia que no volvería a repetirse. Aquella vida sin esperanza ahora estaba llena de esperanza. Y en sus pláticas ya no hablaban de esconderse, de huir ante la fuerza de las políticas de los gentiles en su contra. Las naciones que por siglos habían sido su sepulcro ahora iban a abrir sus puertas para que pudieran emprender su retorno hacia la tierra deseada. El miedo que durante siglos los había atormentado había sido vencido por el espíritu de ánimo que sopló sobre ellos.

(13) Y sabréis que yo soy Jehová, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestras sepulturas, pueblo mío. (14) Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis, y os estableceré en vuestra tierra. Y sabréis que yo, Jehová, lo dije y lo hice, dice Jehová»”

El año en que su castigo iba a terminar estaba por venir. Por fin la tierra que les pertenecía y que por casi dos mil años los gentiles habían poseído les sería devuelta.

Aunque Israel lo desconocía y continúa sin conocerlo, las palabras de su Señor, dichas a sus discípulos, fueron:

“Caerán a lo de espada y serán llevados cautivos a todas las naciones, y Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que los tiempos de los gentiles se cumplan”. (Lucas 21:24).

Las palabras del Señor abarcan un periodo de poco más o menos dos mil años, desde el momento en que salieron hacia tierras desconocidas hasta que la autoridad de los pueblos sobre la tierra de Israel terminara. El momento en que el dominio de los gentiles, ejercido sobre Jerusalén, ha terminado, y el pueblo hoy posee la tierra de sus antepasados; tierra que por razones de castigo contra los judíos los romanos llamaron tierra de Palestina (o lo que es igual a decir, tierra de los filisteos).

Parte III
Espíritu, ven de los cuatro vientos

La agitación promovida por las palabras de Ezequiel comenzó a manifestarse en el plano de la realidad allá por el siglo XVIII, más específicamente a finales de ese siglo, cuando el ardor de la libertad estaba promoviendo que los judíos levantaran sus cabezas.

La siguiente nota es una transcripción que conmemora los momentos cuando el espíritu de avivamiento invocado por Zacarías vino sobre el pueblo:

«1997 El "Año del Sionismo"
Centenario del Primer Congreso Sionista

El sionismo un el movimiento nacional cuya meta es el retorno de los judíos a su patria —la Tierra de Israel— y la restauración en ella de la vida judía soberana.

La añoranza por Sión y la inmigración judía continuaron durante el largo período del exilio, luego de la conquista romana y la destrucción del Templo en el año 70 EC. Esta añoranza tomó una nueva forma en el siglo XIX, cuando el nacionalismo moderno, el liberalismo y la emancipación postularon a los judíos nuevas preguntas a las que el movimiento sionista intentó dar respuesta. El movimiento de Jibat Sion comenzó a formarse en la segunda mitad del siglo XIX, pero el cambio más importante ocurrió más tarde, cuando Theodor Herzl consolidó al sionismo como movimiento político al convenir el Primer Congreso Sionista en 1897. Herzl fue el primero que llamó la atención mundial sobre el problema judío e hizo partícipe al pueblo judío en el campo de la política mundial. El movimiento sionista que surgió de esta iniciativa también creó las herramientas organizativas, políticas y económicas necesarias para llevar a la práctica esta visión e ideología.

El movimiento sionista enunció en el Programa de Basilea su meta: un hogar nacional para el pueblo judío en la Tierra de Israel. Fuera de los movimientos que rechazaron la idea de un renacimiento nacional, el sionismo incluyó a grupos diversos, desde el sionismo religioso hasta el sionismo socialista. Todos cooperaron con el n de lograr un hogar nacional judío, empresa que culminó con el establecimiento del Estado de Israel en 1948.

Para conmemorar el centenario del movimiento sionista, creado formalmente en el Primer Congreso Sionista realizado el 29 de agosto de 1897 en Basilea, Suiza, el Ministerio de Relaciones Exteriores publicó una serie de escritos sobre el sionismo. La serie ilustra las ideas básicas del sionismo, la filosofía del movimiento sionista y sus principales personalidades. Relata además la historia de la lucha política por la tierra, la búsqueda de seguridad
y los esfuerzos para incrementar la población, asentar la tierra y construir las bases para el estado del pueblo judío. Esta serie concluye con una vista general de los logros de Israel en sus primeros cincuenta años». (Documento tomado del Ministerio de Asuntos Exteriores de Israel. www.mfa.gov.il)

El sionismo nació como resultado del espíritu de avivamiento que se apoderó del pueblo, y tuvo la misión de avivar y fortalecer su esperanza motivándolo a entender que los días de dolor estaban ya para terminar, lo único que faltaba era que los brazos caídos cobraran ánimo. Faltaba que todos a una elevaran su voz para ser escuchada por los gobiernos de las naciones fuertes del mundo.

Claro que el esfuerzo no fue fácil porque había que convencer al mundo que el pueblo tenía derecho de regresar a su tierra, después de todo, las promesas de mejorar la situación de los judíos en Europa hechas por los gobernantes nunca habían llegado a cristalizarse. Pero aunque los gobiernos europeos empezaron a ceder a n de apoyar la vuelta de los judíos a su tierra, el mundo árabe rechazó rotundamente la idea porque no deseaba la presencia israelita entre ellos.

A medida en que el siglo XX avanzaba el pueblo esparcido tomaba más fuerza, y la llegada a “Palestina” o, propiamente dicho, tierra de Israel, de judíos de diversas naciones del mundo comenzó a incomodar cada vez más a los árabes quienes como respuesta a lo que consideraban una invasión detestable, organizaron grupos de asedio y salteadores con el propósito de desanimar a los miles que estaban asentándose.

Pero el espíritu que había soplado sobre el pueblo era demasiado poderoso al grado que nadie era capaz de contener a aquellos que estaban llegando; las amenazas, los asesinatos, los saqueos y demás acciones cuyo propósito era frenar aquella corriente no consiguieron su propósito. Entretanto, en otras esferas a las cuales los árabes no tenían acceso se gestaban las bases sólidas sobre las cuales dentro de pocos años sería establecido el Estado de Israel. A continuación se transcribe un pequeño, pero a la vez gigante, paso:

Carta que el Secretario de Estado de Relaciones exteriores, Arthur James Balfour, envió al sionista judío Lord Rothschild con fecha 2 de noviembre de 1917:

Estimado Lord Rothschild:

Tengo sumo placer en comunicarle en nombre del Gobierno de Su Majestad, la siguiente declaración de simpatía con las aspiraciones judías sionistas, declaración que ha sido sometida a la consideración del gabinete y aprobada por el mismo:

El Gobierno de Su Majestad contempla con simpatía el establecimiento en Palestina de un hogar nacional para el pueblo judío, y empleará sus mejores esfuerzos para facilitar el cumplimiento de este objetivo, quedando claramente entendido que no se hará nada que pueda perjudicar los derechos civiles y religiosos de las comunidades no-judías existentes en Palestina, o los derechos y estatus político de que gozan los judíos en cualquier otro país.

Le agradeceré que lleve esta declaración al conocimiento de la Federación Sionista.

Suyo sinceramente

Arthur James Balfour

Dios estaba moviendo y ordenando al gobierno británico a dar los pasos necesarios para que su pueblo a anzara el derecho de retomar la tierra de sus antepasados.

Allá por 1922, la Liga de las Naciones autorizó a Gran Bretaña, que por muchos años había tenida bajo su autoridad el equilibrio político de la región, a que organizara de la mejor manera las condiciones políticas, administrativas y económicas para que el pueblo pudiera regresar. Claro que esto no significaba que aquella tierra estaría en condiciones óptimas para ser habitada; aquella región era un desierto, tierra sin labrar, árida; era una tierra desolada a la cual durante muchos años ningún árabe había intentado embellecer.

Jamás ha existido pueblo similar a Israel que haya perdido su libertad y la haya vuelto a alcanzar, pero Dios, que siempre cumple lo que promete, había declarado por medio del profeta Ezequiel que su pueblo saldría de sus sepulcros o naciones y volverían a su tierra. De esa manera, una profecía que había sido anunciada aproximadamente unos dos mil quinientos años, se estaba cumpliendo, y el mundo estaba siendo testigo de la fidelidad de las promesas de Dios

Pero faltaba una prueba más, no menos dolorosa que cuantas en el pasado Israel había padecido a manos de sus opresores, faltaba la matanza de seis millones de judíos por orden de Hitler.

¿Hasta dónde era necesario que millones de judíos murieran?, nunca lo entenderemos. El Altísimo ha dicho “mis pensamientos no son tus pensamientos...”, y ante eso lo más prudente es guardar silencio. Lo único que pudiera decirse es que esa masacre contribuyó para que las naciones consideraran la enorme urgencia de proteger al pueblo brindándole un lugar en el cual se gobernara por sí mismo sin la intervención de otras naciones, era algo así como un refugio para ponerlos a salvo de la barbarie a la cual por siglos habían estado sometidos. Así, cuando el mandato británico sobre Palestina terminó inmediatamente vino la declaración del Estado de Israel.

“El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó una resolución que disponía el establecimiento de un estado judío en Eretz Israel. La Asamblea General requirió de los habitantes de Eretz Israel que tomaran en sus manos todas las medidas necesarias para la implementación de dicha resolución. Este reconocimiento por parte de las Naciones Unidas sobre el derecho del pueblo judío a establecer su propio estado es irrevocable.

Este derecho es el derecho natural del pueblo judío de ser dueño de su propio destino, con todas las otras naciones, en un Estado soberano propio.

POR CONSIGUIENTE NOSOTROS, MIEMBROS DEL CONSEJO DEL PUEBLO, REPRESENTANTES DE LA COMUNIDAD JUDIA DE ERETZ ISRAEL Y DEL MOVIMIENTO SIONISTA, ESTAMOS REUNIDOS AQUI EN EL DIA DE LA TERMINACION DEL MANDATO BRITANICO SOBRE ERETZ ISRAEL Y, EN VIRTUD DE NUESTRO DERECHO NATURAL E HISTORICO Y BASADOS EN LA RESOLUCION DE LA ASAMBLEA GENERAS DE LAS NACIONES UNIDAS, PROCLAMAMOS EL ESTABLECIMIENTO DE UN ESTADO JUDIO EN ERETZ ISRAEL, QUE SERA CONOCIDO COMO EL ESTADO DE ISRAEL.

DECLARAMOS que, desde el momento en que termina el Mandato, esta noche, víspera de Shabat, el 6 de iyar, 5708 (14 de mayo, 1948) y hasta el establecimiento de las autoridades electas y permanentes del estado, de acuerdo con la constitución que habrá de ser adoptada por la Asamblea Constituyente a ser elegida, a más tardar el 1o de octubre de 1948, el Consejo del Pueblo actuará en calidad de Consejo Provisional del Estado y su brazo ejecutivo, la Administración del Pueblo, será el Gobierno Provisional del estado judío, que se llamará "Israel".

EL ESTADO DE ISRAEL permanecerá abierto a la inmigración judía y el crisol de las diásporas; promoverá el desarrollo del país para el beneficio de todos sus habitantes; estará basado en los principios de libertad, justicia y paz, a la luz de las enseñanzas de los profetas de Israel; asegurará la completa igualdad de derechos políticos y sociales a todos sus habitantes sin diferencia de credo, raza o sexo; garantizará libertad de culto, conciencia, idioma, educación y cultura; salvaguardará los Lugares Santos de todas las religiones; y será el a los principios de la Carta de las Naciones Unidas.

EL ESTADO DE ISRAEL está dispuesto a cooperar con las agencias y representantes de las Naciones Unidas en la implementación de la resolución de la Asamblea General del 29 de noviembre de 1947, y tomará las medidas necesarias para lograr la unión económica de toda Eretz Israel.

APELAMOS a las Naciones Unidas para que asistan al pueblo judío en la construcción de su Estado y a admitir al Estado de Israel en la familia de las naciones.

EXHORTAMOS aun en medio de la agresión sangrienta que es lanzada en contra nuestra desde hace meses a los habitantes árabes del Estado de Israel a mantener la paz y participar en la construcción del Estado sobre la base de plenos derechos civiles y de una representación adecuada en todas sus instituciones provisionales y permanentes.

EXTENDEMOS nuestra mano a todos los estados vecinos y a sus pueblos en una oferta de paz y buena vecindad, y los exhortamos a establecer vínculos de cooperación y ayuda mutua con el pueblo judío soberano asentado en su tierra. El Estado de Israel está dispuesto a realizar su parte en el esfuerzo común por el progreso de todo el Medio Oriente.

HACEMOS un llamado a todo el pueblo judío en la diáspora para que se congregue en torno de los judíos de Eretz Israel y lo secunde en las tareas de inmigración y construcción, y estén juntos en la gran lucha por la materialización del sueño milenario la redención de Israel.

PONIENDO NUESTRA FE EN EL TODOPODEROSO, COLOCAMOS NUESTRAS FIRMAS A ESTA PROCLAMACION EN ESTA SESION DEL CONSEJO PROVISIONAL DEL ESTADO, SOBRE EL SUELO DE LA PATRIA, EN LA CIUDAD DE TEL AVIV, EN ESTA VISPERA DE SABADO, EL QUINTO DIA DE IYAR DE 5708 (14 DE MAYO DE 1948).” (Esta porción ha sido tomada intacta del artículo “La Declaración de Independencia de Israel”):
( www.mfa.gov.il/MFAES/MFAArchive/1900_1949/La Declaracion Independencia de Israel).

Parte IV
Conclusión

En esta fecha en que he terminado este pequeño estudio titulado “Los Huesos Secos”, todavía viven millones de gentiles que el 14 de mayo de 1948 presenciaron el cumplimiento de una profecía tan grandiosa en significado; de entre esos millones unos bendecimos al Altísimo por su santa misericordia que nunca olvidó a su pueblo, y aunque lo sometió a duro castigo por su falta de obediencia, los días de dolor han terminado.

Nosotros testificamos acerca de la fidelidad inconmovible del Dios Altísimo. De cómo sus decretos están encaminados a favorecer a la humanidad porque le proporcionan las guías para una vida sana, alegre y próspera; y conocemos que desviarse de esos decretos unicamente conduce a la miseria, al dolor y a la muerte desdichada.

El propósito invariable del Altísimo está plasmado en la vida de Israel que recibió incontables bendiciones solo por obedecer a cuanto se le dijo que obedeciera, pero que se colocó a sí mismo en una condición nada encomiable cuando intentó probar si podía obedecer al tiempo que imitaba a las naciones paganas, los resultados fueron un total desastre que al pueblo le costó demasiado caro.

Pero finalmente la misericordia triunfa sin deterioro de la santidad y rectitud características del Altísimo. Dios señaló un período de tiempo como duración del castigo, venido el momento, el castigo fue levantado y él mismo se encargó de avivar al pueblo para que procediera a la acción. Israel triunfó en sus anhelos porque Dios quiso que triunfara. Las naciones del mundo no se dieron cuenta que el poder de lo alto les ordenó facilitar el regreso de su pueblo a la tierra que les asignó, y desde 1948 son un pueblo firme y próspero.

Claro que haber vuelto a su tierra no significa que Dios se los permitió por estar complacido en la obediencia que le mostraban, porque en verdad no lo estaban agradando ni al presente lo están; sólo significa que el castigo les fue levantado para que volvieran a su tierra, pero para que el pueblo adore a su Dios falta mucho, ellos lo saben.

Con todo, el problema al cual el pueblo está enfrentado actualmente le es más manejable, y su presencia en el Oriente Medio se hace sentir reclamando el derecho a vivir en su tierra, una tierra que Dios les ha dado; una tierra que el mundo actual quiere obligarle a compartir con otro pueblo milenario como lo son los Filisteos (mejor conocidos actualmente como Palestinos), un pueblo que quizás por razones históricas el mundo árabe no ayuda económicamente. La situación no cambiará porque es parte del plan sobre el cual la región se mantendrá en convulsión para que Israel siempre esté en el pensamiento del mundo árabe como un pueblo diferente.

Israel hoy florece y se fortalece económicamente esperando el momento en que Gog se levante apoyado por muchas naciones del mundo para subir a esa tierra. El día llegará, Israel sabe eso porque el mismo profeta Ezequiel se los dijo.

Quienes escudriñamos las Escrituras sabemos que viene el momento de la Gran Guerra de las naciones más poderosas de la Tierra contra Israel. Pero esa guerra tiene doble propósito: Castigar la maldad de las naciones, y preparar el momento en el cual Dios soldará la quebradura de su pueblo. Momentos terribles serán esos para los israelitas porque contemplarán cómo las naciones derraman toda su ira sobre ellos, y cuando todo esté por terminar plasmado en una sonora victoria de Gog y de sus compañías, el orgullo y deslealtad de Israel será fundido al extremo hasta que entiendan que sin una entrega total a obedecer a Dios como él dice, la destrucción es inminente. Entonces Israel fundirá su orgullo hasta volverse en un pueblo humilde ante los ojos de su Dios, y Dios peleará por ellos hasta librarlos y recibirlos para restablecer las buenas relaciones. FIN.