Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada. Mateo 12.31

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Blasfemia, palabra que advierte de los límites de tolerancia del Altísimo contra los impulsos de inconformidad, rechazo, irreverencia y sublevación de los humanos a su soberana presencia y los expone a la muerte.

De hecho, nos encontramos aquí frente a un signifcado que hace estallar la conciencia de los humanos frente a una de las acciones más lamentables del hombre en contra de su Creador; de Aquél cuyo único propósito fue crear un ser inteligente, a su imagen y semejanza, con capacidad de determinarse en cualquier dirección.

La historia de la Creación informa que el Creador no determinó crear al hombre como cualquier ser sino hacerlo totalmente especial, con virtudes de un espíritu superior a los demás seres para lo cual sopló en sus narices un “nashamá, (heb. aliento o espíritu) que no sólo alcanzó sus pulmones sino su corazón y cerebro y hasta las partes más fnitas de su cuerpo, y de esa manera comenzó a respirar, a pensar, a hablar. Con ese espíritu el hombre fue un ser inteligente, capaz de entender, razonar, sentir emociones y determinarse.

Del hombre está dicho haber sido creado a imagen y semejanza de sus Creadores (Génesis 1:26), cuya declaración lo hace exclusivo en toda la creación terrena y angélica pues de ningún otro ser ni en el cielo ni en la Tierra está dicho lo mismo. Los Dioses (Padre e Hijo) lo engalanaron creándolo a su image y semejanza, sino también dotándolo de capacidad para determinarse. Más tarde el rey David exclamaría diciendo que el hombre fue creado un poco menor que Elojim, o sea que sus creadores (Salmo 8:5), y fue adornado de gloria y poder por sobre todos los seres terrenos.

Así, el hombre fue único en el cielo y en la Tierra; el único del cual no fue hecho con un simple “hágase” sino con un altamente signifcativo “hagamos”, con la capacidad de platicar de tú a tú con el Creador que lo visitaba. Con la capacidad de tomar sus propias determinaciones sin necesidad de consultar a Elojim, y con la capacidad de sublevarse ara no continuar siendo a semejanza de sus Creadores.

El lector de las Escrituras muy poco lee de cómo las capacidades exclusivas del hombre fueron aprovechadas para su bien y el de la Creación general, por el contrario se nos dice cómo aquella alta capacidad fue miserablemente desperdiciada pues en vez de servirle para alcanzar todos los benefcios disponibles, la utilizó en su contra hasta el grado de rebelarse contra de su Creador, pero no sólo se rebeló en su contra sino que se mofó de Él, se enemistó con Él, lo despreció, lo subestimó y se apartó de Él.

Hasta el día de hoy las cosas permanecen sin cambios pues las blasfemias del hombre contra Dios iniciadas en el Edén son tan abundantes como frecuentes.

Así reacciona el hombre hacia el buen deseo del Altísimo Dios y Padre de nuestro Señor Jesús de compartir su gloria con el ser creado a su imagen y semejanza. Ante la reacción extraña y violenta del hombre, el Padre Eterno le determinó límites de tolerancia hasta dónde podía llegar con sus reacciones provocativas y despectivas. Y ciertamente el hombre podía provocarlo de muchas maneras, pero nunca pasar ese límite.

PRIMERA BLASFEMIA:
CONTRA DIOS – Éxodo 20.7

No tomarás el nombre de Jehová, tu Dios, en vano, porque no dará por inocente Jehová al que tome su nombre en vano.

Estamos aquí frente a una declaración que, a pesar de haber sido hecha hace unos 3500 años no ha perdido actualidad; claramente advierte que el nombre de Dios, y por ende su Ser, no deben ser motivo de mención falsa, malintencionada, ociosa y sin verdadero propósito.

Seguramente es necesario para los lectores saber que la blasfemia es bastante frecuente cuando el temor reverente a Dios no forma parte de la vida personal. Entre más se conoce a Dios más enterado se está de su delicadeza.

El caso de Ananías Hech 5.4 es bastante conocido por su desenlace fatal; él prometió donar el dinero de una propiedad vendida para la obra de la iglesia, pero teniendo el dinero en sus manos la codicia lo traicionó modifcando la promesa original hecha hasta el grado de cometer perjurio (quebrantamiento de un juramento o promesa hecha a Dios).

Este caso no sólo es blasfemia contra la dignidad del Altísimo sino prohibida en el Tercer Mandamiento. Tan peligroso es hacer tal cosa que Salomón lo recuerda enfatizando el desagrado del Creador contra los blasfemos (Eclesiastés 5.4–6). De esa manera la advertencia debe recibir cuidadosa atención para evitar las transgresiones que de ninguna manera son toleradas por Dios.

Popularmente es creído que la única acción errónea prohibida en el Tercer Mandamiento es jurar poniendo a Dios por testigo de algo que siendo falso se pretende darle calidad de verdadera. Si bien en semejante acción se hace intervenir a Dios haciéndolo responsable de cualquier falsedad, el asunto va más a fondo al cometer la blasfemia de menospreciar su dignidad; en muchas otras palabras, informando que el alcance de menospreciar el nombre de Dios va mucho más lejos del simple juramento en vano como se mira en el caso de Ananías que menospreció la dignidad del Altísimo.

Otro ejemplo de blasfemia haciendo vano el nombre de Dios fue la cometida por Nadab y Abiú quienes desestimaron la gloria de Dios y alteraron la fórmula con la cual debían preparar el incienso del templo, como está registrado en Levítico 10.1–2.

Cualquier ofensa a Dios es castigada con la muerte y aquellos dos hombres vinieron a ser un ejemplo notorio en el pueblo de cómo reacciona el Altísimo cuando su voluntad es subestimada.

Y qué más se puede decir de los muchos textos en los cuales la burla, el desdén a la dignidad de Dios es menospreciada cuando los humanos optan por adorar, reverenciar y tener en su corazón con respeto y devoción lo que no es Dios.

Hacer a Dios o su nombre objeto de mercancía para sacar lucro aprovechando el temor y reverencia que despierta su mención en las mentes temerosas es blasfemia de la cual pastores sin respeto darán cuenta en el día del juicio.

Otro ejemplo de profanación hacia el ser de Dios lo constituye el rechazo al uso del velo para orar. Orar a Dios con la cabeza descubierta es catalogado por Pablo como acción de desobediencia. Siendo obligatorio para la mujer velarse para orar la cultura postmoderna desestima la importancia de la voluntad de Dios al respecto y ha declarado sin valor, o como cosa de cultura la voluntad de Dios. Pablo dice que Dios es la cabeza de Cristo, Cristo es cabeza del hombre, y el hombre es cabeza de la mujer, y por lo tanto el respeto del inferior hacia el superior se debe mantener pues quien dio vida a ese esquema fue el Padre mismo y no hombre alguno. Pero como la religión es un esquema de creencias humanas que imaginariamente depende de cuanto la Santa Escritura dice, ha declarado que la relación de sujeción de Cristo a Dios y la del hombre a Cristo debe mantenerse pero la supeditación de la mujer hacia el hombre ha sido declarada sin valor. Notoriamente tal cosa se ha hecho en la religión que supone ser la verdadera, en cambio otras grandes religiones como el Islam y el Hinduismo no se atreven a recomponer la fe que sus antepasados les legaron y continúan feles al esquema de sujeción de la mujer hacia el hombre.

Entretanto Pablo dice, Si la mujer no se cubre, que se corte también el cabello; y si le es vergonzoso a la mujer cortarse el cabello o raparse, que se cubra, la cultura cristiana postmoderna ha declarado sus palabras sin ningún valor pues la religión debe ser vista desde un punto de vista que apoye las intenciones blasfemas del hombre en vez de obligarlo a sujetarse. De esa manera la corriente postmodernista ha roto los esquemas tradicionales sobre los cuales se sostuvo la fe del Cristianismo por muchas centurias.

La mujer contemporánea por su parte, con invariable disposición de rechazo hacia la Palabra de Dios agita sus manos en señal de rebeldía desafante, gnorando que la vergüenza mencionada por el Apóstol no se refere a vergüenza ante la sociedad sino ante Dios que de ninguna manera justifca la desobediencia. Como se viene diciendo, la desobediencia o rebeldía contra Dios no es sino blasfemia a su santidad.

Indudablemente en una comparación entre las religiones mayoritarias la Cristiana es la menos favorecida respecto a cual entre todas evita la blasfemia entre sus adeptos.

Seguramente el Cristianismo ha iniciado una carrera en la cual su determinación está defnida a establecer su propio sistema de adoración independiente de cuanto Dios demanda. Esto es en alguna medida similar a Israel en los días en que era el pueblo exclusivo de Dios: La Ley les decía paso a paso cómo debían adorar al Altísimo, pero su respuesta decidida fue establecer su propio modo de adoración; el resultado fue un catastrófco y rotundo rechazo del Creador y la miseria espiritual fue el estandarte que por muchas centurias ellos levantaron con resultados espirituales, sociales y económicos que hasta el día de hoy les repercuten. Otro caso de blasfemia es el siguiente:

el hijo de la mujer israelita blasfemó, y maldijo el Nombre. Entonces lo llevaron a Moisés (su madre se llamaba Selomit, hija de Dibri, de la tribu de Dan) Levítico 24.11

Nunca sabremos con qué palabras irrumpió aquel pagano nacionalizado israelita en su ira contra el gran Dios. Las probabilidades podrían relacionarse con lo que era su procedencia egipcia; en su ira aquel hombre valorizó los dioses egipcios y profrió palabras con las cuales intentó humillar la santidad del Dios de Israel. Con todo y que recibió su justo castigo, la segunda muerte en el lago de fuego le aguarda. Pero... ¿acaso no es esto mismo lo que cientos de millones hacen diariamente?

Hoy en día se adora e invoca a la piedra, a la materia inorgánica atribuyéndoles ser la representación de Dios al cual se supone se adora a través de ídolos intermediarios, con candelas, cantos y celebraciones. Invocar a fguras hechas por sus mismos adoradores es maldecir a Dios asemejándolo con cualquier cosa. Declararlo segundo en importancia priorizando ídolos intermedios es similar a declarar que los ídolos son más importantes que Él. Como en el pasado así hoy, blasfemar a Dios posee muchas facetas que los transgresores por lo general pasan inadvertidas pero que de ninguna manera escapan de la atención del Altísimo.

En verdad el Tercer Mandamiento posee profundo signifcado y abarca un extenso campo en el cual el peligro de traspasar la línea de lo prohibido está vedada a la vista de quienes desconocen la delicadeza sublime del Altísimo.

Si en verdad su contenido se basara únicamente en no perjurar el Altísimo no habría podido juzgar a quienes blasfemaran contra su santidad. Si se le da todo el signifcado a las palabras entonces el lector se encuentra con que su signifcado es como un árbol de muchas ramas frágiles que se pueden quebrar fácilmente.

LA SEGUNDA BLASFEMIA:
CONTRA EL ESPIRITU SANTO - Lucas 12.10

...pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo, no será perdonado.

El segundo error, voluntario o involuntario, considerado en este estudio se refere a la blasfemia contra el Espíritu Santo. Las personas necesitadas de conocer la verdad para evitar caer en este error de trágicas consecuencias buscan por diferentes medios conocer en qué consiste blasfemar contra el Espíritu Santo, después de todo, seguramente no es una idea atractiva pensar en ser lanzado al lago de fuego en el día postrero por haber incurrido en semejante blasfemia. Sin embargo, la respuesta a obtener depende de la fuente de consulta la cual generalmente está basada sobre elementos externos como son las opiniones extrabíblicas, o sea, opiniones, comentarios y puntos de vista de lo que pudiera considerarse como blasfemia. En realidad, señalar certeramente lo que es la blasfemia contra el Espíritu ha venido a constituirse en un asunto intrincado principalmente a partir del año 1901 que fue cuando surgió el movimiento pentecostal cuyas manifestaciones violentas eran atribuidas al Espíritu de Dios.

Valga aclarar que el Espíritu Santo es el Espíritu de Dios,dicho de otra manera, blasfemar contra el Espíritu Santo es blasfemar contra Dios. (Para una idea más amplia al respecto por favor vea el estudio “El Espíritu De Cristo”).

El nuevo medio de salvación, traído por Cristo Jesús, fue una cosa extraña e intolerable para los judíos quienes al oírla inmediatamente la rechazaron, excepto los 144.000 mencionados en Apocalipsis 7.

Para el pueblo judío la Salvación estaba defnida en la Ley que les había sido dada por Dios por medio del profeta Moisés. Viniendo de Dios era incambiable, no modifcable, y total blasfemia habría sido imaginar que Dios, que no se arrepiente ni modifca sus pensamientos, pudiera haber dejado sin valor el pacto del Sinaí para entregarles, por medio de uno que proclamaba ser Hijo de Dios, un nuevo sistema de justifcación; sencillamente la nueva enseñanza les parecía intolerable y blasfema y de ninguna manera iban a aceptar cambios.

No es que Dios cambiara sus decretos, por el contrario, todo cuanto hace ha sido previamente determinado; así, el nuevo pacto traído por el Señor Jesús ya había sido profetizado por Jeremías, y no fue una acción improvisada nacida de la necesidad de hacer cambios a los planes previos; todo fue cuidadosamente planeado aún desde antes de traer la Creación a su realización. Dios conocía de antemano a Israel por lo cual en sus planes estaba facilitarles la salvación. Así entonces, lo que se debe cambiar venido el tiempo, no signifca que Dios cambie sus pensamientos.

El nuevo pacto signifcaba salvación por fe, sin la justifcación por obras, lo cual era totalmente desconocido para el pueblo. Incluido en el nuevo sistema estaba un nuevo elemento incorporado—el Espíritu Santo del cual el pueblo nada sabía.

Siendo las manifestaciones del Espíritu Santo una actividad desconocida para el pueblo, los escribas y fariseos tenían en sus manos la duda y el desprestigio como arma contra el Señor. El pueblo sabía que el Espíritu de Dios estaba mencionado en la Ley, los Profetas y los Escritos, pero la experiencia personal de sus manifestaciones nunca formó parte de su vida. Israel no fue un pueblo de sólida entrega a la adoración de Dios, de haber poseído ese tipo de convicción habrían la presencia de Dios se habría manifestado como se manifestó en Moisés. Josué, David, Daniel y otros más.

La falta de esa experiencia los colocaba en una situación verdaderamente difícil hasta el grado de desconocer si las maravillas mostradas por el Señor en verdad provenían de Dios o no. Para los líderes esa situación era una poderosa arma que sin vacilar utilizaban contra el Hijo de Dios hasta de grado de ser apoyo a favor de escribas y fariseos en su determinación de matar a Aquél que por el Espíritu Santo les hizo maravillas.

La blasfemia de los fariseos

Pero los fariseos decían: Por el príncipe de los demonios echa fuera los demonios. Mateo 9.34

La blasfemia, en este caso, era fraguada, mejor dicho, malintencionada, a propósito, orientada a ofender y denigrar al Señor sin importar si en verdad sus manifestaciones de poder provenían de Dios. Aquellas autoridades judías actuaban típicamente como cualquier persona cuyas intenciones malévolas les ciegan el correcto entendimiento y por interés personal optaban por continuar en la ignorancia.

En breves palabras se puede concluir en que la blasfemia de los judíos contra el Espíritu Santo era motivada por su falta de interés de aceptar la verdad; ellos estaban satisfechos y cómodos siguiendo la tradición sencillamente porque les producía ganancias, autoridad y poder, desde ese punto de vista ¿para qué interesarse en validar las manifestaciones del Espíritu Santo? Además, el Señor se había convertido en enemigo del sistema tradicional, de allí que la mejor manera de socavar su mensaje y maravillas era recurriendo a las tácticas denigrantes.

Aquellos hombres blasfemos eventualmente murieron llevando consigo el pecado de haber blasfemado contra el Espíritu del Altísimo Dios, pues sin lugar a dudas no fueron contados entre aquellos por los cuales el Señor pidió a su padre no les cargara el pecado de haberlo crucifcado.

Simón, el mago

Otro caso de blasfemia está expuesto en el caso de Simon, el mago, hombre malvado que mientras la multitud humildemente recibía el Espíritu por la imposición de las manos de Pedro y Juan él observaba la escena pensando de qué maneras obtener ese poder con intenciones diabólicas proyectadas al lucro personal a costas del Espíritu de Dios.

Hechos 8.18 dice: Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero.

El solo hecho de estar mirando lo que estaba sucediendo demuestra que él no estaba contado entre la multitud que estaba recibiendo la unción de lo alto sino pensando en cómo sacar provecho del Espíritu Santo, Es más, ni siquiera conocía qué era ni de dónde provenía ese glorioso Espíritu, de haber tenido consciencia al respecto jamás habría imaginado que podía comprarlo para su lucro personal.

Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo imponga las manos reciba el Espíritu Santo. Hechos 8.19

El claro que Simón ni siquiera sabía qué era el Espíritu Santo, de otra manera no se le habría ocurrido pensar en comprarlo. Y por decirlo de otra manera, aquel hombre se convirtió en seguidor de Felipe (no de Cristo) debido a la enorme sorpresa que le despertó ver cómo el Apóstol hacía milagros y maravillas. Para colmar los límites de la curiosidad y ambición, Pedro y Juan vinieron a ayudar a Felipe en la obra y a imponer las manos sobre los nuevos convertidos para que recibieran el Espíritu Santo

Sin escrúpulos ni respeto se acercó a Pedro no para pedir humildemente la unción sino para hablar de negocios, algo así como: “Dime qué han hecho ustedes para tener ese poder, y a cambio de su información les daré dinero”. Contrario a la respuesta que esperaba recibió de Pedro una sonora maldición que inmediatamente le bajó la presión de la ambición.

20 Entonces Pedro le dijo: Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. 21 No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. 22 Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad y ruega a Dios, si quizás te sea perdonado el pensamiento de tu corazón, 23 porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás. Hechos 8.20–23.

Estas palabras de Pedro son más que sufcientes para entender que aquel hombre era un convertido que antes de conocer el mensaje que Felipe predicaba se dedicaba a la brujería lucrándose de la gente haciendo uso de artes diabólicas. Había dejado la brujería pero en su mente estaba la idea de aceptar el evangelio buscando el modo cómo vivir lucrándose del público valiéndose de sus artes en nombre de Dios como dice Hechos 8:10.

No se sabe qué fue de aquel hombre. Rogó a Pedro que orara a su favor para que la maldición pronunciada sobre él no le viniera, desconociendo que no era de Pedro rogar por su maldad, más bien era él mismo quien debía dar los pasos para ser un genuino convertido ante lo cual Pedro nada tenía que hacer.

En resumen, pretender poseer el Espíritu Santo por medios comerciales y para usos de la misma índole es una ofensa contra el Altísimo Dios que Dios se presta a manoseos y a actos blasfemos.

Como ayer, así hoy

El pensamiento de Simón, o al menos su modo infundado de imaginar la posesión del Espíritu Santo no terminó, por el contrario, el siglo XX vio el surgimiento de una oleada humana que con verdadera facilidad obtenía o transmitía un espíritu del cual se decía que era el Espíritu Santo. En el período entre los años 70 al 90 fue mágico y abundante, ese espíritu era transmitido por cualquier persona a quien lo quisiera o a quien el portador escogiera. Y si el receptor no lo quería o no pensaba obtenerlo de todas maneras le era transmitido pues sin consultarle le eran puestas las manos en la cabeza o en los hombros o en cualquier otra parte del cuerpo y ya, un nuevo convertido había pasado a engrosar las flas de aquel movimiento religioso.

¡Qué fácil le fue a aquel segmento del Cristianismo imaginar que aquel era el Espíritu Santo y que era manipulable según la voluntad de cada persona. Que mediante la acción verbal o mental de pedirlo así debía descender en el preciso momento en que la persona lo demandara. Sin mediar ninguna condición previa de obediencia a la Ley de Dios y a la ley de Cristo; sin importar el estilo de vida. Sin estimar de valor la necesidad de estar alineado a la santidad y espiritualidad demandada en la Sagrada Escritura se creía Dios debía obedecer enviando su Espíritu sobre quienquiera simplemente por pedirlo.

El único requisito clave era ignorar que semejante modalidad no tenía cabida en la voluntad de Dios. Bastaba con imaginar que las cosas debían suceder según la imaginación; que con sólo pedir el Altísimo se viera obligado a ceder a la demanda de ceder su Espíritu.

Ignorancia signifcaba desconocer que Dios no está obligado a ceder ante las imaginación del humano pues Él es Dios, es el Soberano, el Altísimo y no cualquier servidor de los antojos de nadie.

Lo que se desconocía, y se desconoce, es que Dios es el Señor absoluto en los cielos y en la Tierra, y que no hace milagros a cada instante sino únicamente cuando su Altísima misericordia lo decide, y que es un gran privilegio para el humano cuando Él le regala su mirada compasiva.

Según se decía en el siglo pasado (XX), la gran señal, o la principal de haber sido recibido ese espíritu era hablar en lenguas, curiosamente, la gran mayoría de feles creyentes en ese movimiento nunca recibió ese imaginario don, pero como semejante movimiento estaba de moda había que apoyar la idea de hablar en lenguas.

Simón usaba sus artes mágicas en nombre de Dios (Hechos 8.10) y no satisfecho con eso quiso disponer de Espíritu Santo para aumentar su fama. Pretender valerse del Espíritu de Dios para provechos personales es blasfemia debido a lo cual cayó bajo maldición. Algo parecido sucedió cuando este fenómeno espiritual estaba con fuerza pues a falta de conocimiento de lo que en verdad es poseer el Espíritu Santo millones de almas creyeron poseerlo Pero la tremenda fuerza que por unos treinta años abatió a muchas iglesias tradicionales sustrayéndoles miembros hoy ha menguado en gran manera, y aunque todavía hay oportunidad de continuar pensando que el Espíritu Santo es manipulable según la voluntad personal mediante el toque de las manos del transmisor sobre la frente u hombros del receptor en espectáculos públicos, el fenómeno ha perdido la mayor parte de su fuerza arrolladora.

De esa manera la falta de conocimiento verdadero acerca del Espíritu Santo empujó a millones a la blasfemia, a vivir creyendo en imaginaciones forjadas por la mente humana El postmodernismo cristiano y las religiones alternativas han sido dos corrientes mucho más poderosas que se plantaron frente al movimiento pentecostal para impedirle continuar avanzando y le quitaron la fuerza.

Lo peor del caso es que debido a la terrible fuerza con que ese movimiento se sostuvo, muchas personas llegaron a imaginar que dudar de la legitimidad de ese imaginario derramamiento espiritual era caer en blasfemia, cuando que la realidad apuntaba a lo opuesto, es decir, la blasfemia consistía en legitimar ese espíritu declarándolo ser el Espíritu Santo; de este pensamiento erróneo aún quedan algunos vestigios en personas que en lugar de escudriñar las Escrituras se valen de la lectura de literatura escrita por personas pertenecientes a ese movimiento.

TERCERA BLASFEMIA:
CONTRA CRISTO JESUS - Mateo 12.32

Cualquiera que diga alguna palabra contra el Hijo del hombre, será perdonado...

El momento designado por el Padre Altísimo había llegado y su Hijo tenía que venir a morir para alcanzar con su muerte redentora a toda la humanidad dispuesta aceptar ese regalo de Dios. Jesús vino a la tierra vaciado de su gloria como dice Pablo en Filipenses 2.7. Sabiendo quién era no tuvo su categoría como algo de lo cual aferrarse para evitar el dolor y las angustias. Su grandeza quedó al lado de su Padre mientras Él vino como cualquier humano.

Siendo Rey se hizo miserable, siendo rico se hizo pobre, siendo todopoderoso se hizo débil, siendo inmortal se hizo mortal siendo un ser espiritual se hizo carne para sufrir como todo humano, siendo el Creador se hizo como cualquier criatura creada siendo vestido con ropas regias vino a vestirse humildemente.

Con hambre, otras veces con sed, sudoroso y sucio por el polvo del camino, durmiendo como cualquier pobre debía de encajar perfectamente en las palabras del profeta:

2 Subirá cual renuevo delante de él, como raíz de tierra seca. No hay hermosura en él, ni esplendor; lo veremos, mas sin atractivo alguno para que lo apreciemos. 3 Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en sufrimiento; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado y no lo estimamos. Isaías 53.2–3.

Teniendo la opción de hacer valer su altísima dignidad se despojó de su gloria y abrazó el oprobio, prefrió las burlas en vez de las alabanzas celestiales.

En semejante condición de bajeza cualquier ciudadano podía lanzar improperios en su contra sin que su ánimo cambiara hacia la violencia.

El amor a su propósito de salvación fue enteramente subestimado por el pueblo, pero su propósito defnido fue ir adelante hasta triunfar.

El pueblo no deseaba cambiar el patrón al cual había estado sujeto por unos mil quinientos años, más bien le resultaba confuso pensar en abandonar la Ley de Moisés con su templo y el sacerdocio a cambio de un sistema de justifcación extraño que intentaba quitarle a la Ley su función justifcativa. A esta situación hay que agregarle la determinada oposición de las autoridades judías a no validar las pretensiones celestiales de un ciudadano común y corriente que comenzó a declararse como el Hijo de Dios. Esto último le valió hacerse acreedor a burlas, insultos y demás improperios. Señalado como transgresor de la Ley debido a su rechazo de la tradición, todo estaba en su contra.

Fue en una de esas ocasiones en que se dedicaba a manifestar el mensaje de Dios que advirtió a los judíos lo peligroso de la situación a que se exponían insultándolo pues en sus imprudencias ofendían al Altísimo declarando que su Espíritu Santo no era otra cosa sino el poder de Beelzebú lo cual era una grave ofensa digna de hacerles caer fulminados por sus blasfemias

Pero los fariseos, al oírlo, decían: Este no echa fuera los demonios sino por Beelzebú, príncipe de los demonios. Mateo 12.24.

La situación en verdad era grave porque lo señalaban como endemoniado y portador del espíritu de Satanás y como sacerdote de Satanás que en nombre de Dios practicaba el culto diabólico engañando al pueblo.

La pregunta por Él hecha fue: Si yo invoco el nombre de Dios y por su autoridad los enfermos y los endemoniados sanan, ¿en nombre de quién los vuestros hijos hacen lo mismo? Se entiende que él hablaba con las autoridades judías, es decir, con los ancianos del pueblo, por lo tanto, estos hijos son una referencia a los judíos que invocando el nombre de Jesús echaba fuera demonios:

38 Juan le respondió diciendo: Maestro, hemos visto a uno que en tu nombre echaba fuera demonios, pero él no nos sigue, y se lo prohibimos porque no nos seguía. 39 Pero Jesús dijo: No se lo prohibáis, porque ninguno hay que haga milagro en mi nombre, que luego pueda hablar mal de mí, 40 pues el que no es contra nosotros, por nosotros es. Marcos 9.38–40.

Su pregunta era basada en una lógica sencilla pues este que actuaba en nombre de Jesús expulsando demonios no era reprobado ni reprochado por los judíos y por lo que se entiende aquí los ancianos tenían buena opinión de él.

En verdad la situación en que estaban los fariseos era gravísima pues identifcaban al Espíritu de Dios como a Satanás.

Todavía el Señor siendo benévolo y eximiéndolos de pecado les declara que cualquier ofensa lanzada en su contra les sería perdonada, si, contra su persona podían cometer cualquier ofensa y les era tolerado. pero la blasfemia contra el Espíritu del Padre nunca sería perdonada.

Después de la resurrección

Sin embargo, las ofensas contra el Señor no siempre iban a quedar eximidas de pecado, todo estaba limitado a su muerte, a partir de allí cualquier blasfemia signifcaba la muerte eterna para los blasfemos pues aquella condición de humildad a que fue expuesto por su Padre sería simple historia.

Al haber resucitado el Señor volvió al lado de su Padre con todo poder sobre toda criatura en el cielo y en la tierra (Mateo 28:18) signifcando con eso que blasfemar en su nombre tenía el mismo signifcado que blasfemar contra Dios o contra su Espíritu.

Así la predicación apostólica de la buena nueva de salvación en su nombre comenzó a ser desarrollada, todo milagro y maravilla era hecha en su nombre y la gente acudía en masa a escuchar la confrmación de aquello que oyeron de labios del Señor, es decir, verdaderamente su nombre tenía gran poder.

Al escuchar tal cosa las autoridades judías reaccionaban airadas rechazando que Él fuera de origen celestial y que hubiera vuelto al lado de su Padre. Sus empedernidos corazones tradicionalistas de ninguna manera estaban dispuestos a conceder que se habían equivocado matando al autor de la vida.

La lucha de los escribas y fariseos ahora incluía a los convertidos: toda persona en cuyos labios se encontraran las enseñanzas del Señor estaba destinado a la cárcel, al castigo y a la muerte; Saulo se contaba entre los más encarnizados enemigos del nuevo pueblo de Dios (Hechos 8.1) y aunque su misión destructiva contra los santos iba a durar poco tiempo las autoridades judías estaban preparadas para continuar su guerra contra los redimidos.

La verdad que los judíos preferían ignorar lo peligroso que hacían pues la guerra contra la iglesia de Dios no signifcaba otra cosa sino guerra contra el Señor Jesús. La paga de su temeridad estaba declarada:

¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisotee al Hijo de Dios, y tenga por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santifcado y ofenda al Espíritu de gracia? Hebreos 10.29.

Sí, cualquier individuo cuyas insolencias pretendieran blasfemar al Señor menospreciando su sacrifcio caía inmediatamente bajo condenación pues si rechazaban a Aquél cuyo sacrifcio estaba destinado a librarlos de la muerte eterna ¿qué otra alternativa les quedaba? Ese peligro no ha desaparecido y el mundo incrédulo y blasfemo contra el Señor Jesus tiene guardada su recompensa al fnal de los tiempos en la segunda resurrección. FIN.